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La mujer española a fines del siglo XIX

El pintor noruego Edvard Munch, que tantas veces representó en sus cuadros un profundo temor ante la presencia femenina, escribió en su Diario que "La mujer, con sus múltiples facetas, es un misterio para el hombre. La mujer es al mismo tiempo una santa, una bruja y un infeliz ser abandonado" (cit. por Bornay, 288). A finales del siglo XIX la mujer se convirtió en un asunto candente y de máxima actualidad, que atrajo la atención de moralistas, científicos, filósofos, intelectuales y artistas, por igual. No sólo fueron sus derechos y el papel que debe ocupar en la sociedad los que preocupan y obsesionan, también lo harán su psicología y su inteligencia, sobre las que se escriben numerosos estudios científicos y filosóficos, y, por supuesto, su misterio y su fatalidad, que quedaron plasmados hasta la saciedad en el arte finisecular. Estaba de moda hablar de la mujer, y, precisamente, porque -tal como revelan las palabras de Munch- lejos de existir una única imagen del ser femenino aceptada por todos, múltiples tipos o ideales de feminidad se enfrentan en los documentos de la época.

Pretendo en este trabajo dar cuenta de esa multiplicidad de imágenes femeninas que desplegó la cultura finisecular, a través fundamentalmente del estudio y análisis de diversas obras de la literatura española de la época, pero sin olvidar otros documentos, jurídicos y científicos, imprescindibles para entender determinadas reacciones artísticas que podríamos calificar de temerosas o desconcertadas ante el nuevo protagonismo femenino. En definitiva, me propongo demostrar que en la encrucijada de tendencias estéticas y corrientes de pensamiento que es el fin de siglo XIX, la concepción de la mujer también revela posturas simultáneas y contradictorias.

Frente a la imagen moralista y tradicional, surgen las nuevas voces feministas que abogan por una mujer liberada. Pero al tiempo que se produce este enfrentamiento, el arte de fin de siglo, huyendo de una realidad prosaica y vulgar, creará mitos femeninos -la mujer fatal, la mujer frágil- que nada tienen que ver ni con la mujer tradicional, educada para ser esposa y madre, ni con aquella que a través de la lucha política reivindica su liberación e independencia. Efectivamente, no todo los artistas de fin de siglo mostraron el mismo interés por el debate social que estaba teniendo lugar en toda Europa acerca de la "cuestión femenina". Por el contrario, mientras una literatura, generalmente adscrita a la estética naturalista, entre la que se encuentra la novela erótica de Felipe Trigo y sus seguidores, de forma más o menos explícita tomaba partido en ese debate, otros autores, relacionados con corrientes como el decadentismo o el esteticismo, se mantendrán, al menos en apariencia, al margen. Si el Modernismo fue en parte una reacción estética contra la mentalidad positivista y pragmática de la época, contra una realidad prosaica y vulgar, no es de extrañar que tendiera a crear mitos femeninos alejados y contrarios al tipo de mujer que los movimientos feministas querían imponer a través de sus programas de lucha social y política. Estamos hablando de una época en la que una prenda íntima femenina, el corsé, se convirtió en símbolo de batalla entre reformadores y reaccionarios, entre médicos e higienistas preocupados por lo irracional e insano del atuendo femenino y defensores acérrimos del arte de la elegancia y la sofisticación. Si para unos el corsé era elemento imprescindible de la toilette femenina, para otros no era más que un extravagante distorsionador de su figura.

Ahora bien, si calificábamos más arriba de "aparente" la indiferencia de ciertas manifestaciones artísticas ante la amenaza feminista, ello es porque las diferentes posibilidades de ideal de feminidad a las que nos referimos nacen en íntima relación y unas no podrían ser entendidas sin la existencia de las otras. Los logros de las campañas feministas hicieron aparecer reacciones temerosas de muy diversa índole. Esas reacciones son múltiples y contradictorias. Al tiempo que se echa mano de la ciencia para demostrar de manera infalible la inferioridad intelectual de la mujer, el artista decadente de fin de siglo representa su angustia y su temor ante la amenaza de los nuevos tiempos que se avecinan a través de la imagen de una poderosa, perversa y devoradora mujer fatal, presente en infinidad de manifestaciones del arte finisecular.

Sea cual sea la imagen de feminidad que se quiera exaltar o abolir, lo cierto es que la mujer adquiere en esta época un protagonismo inusitado. En muchas de las más importantes obras literarias de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX -Madame Bovary (1857), Ana Karenina (1877), Nana (1880), Nora o Casa de muñecas (1880), La Regenta (1884), La tía Tula (1921)...- la mujer es la gran protagonista, dando incluso título a la obra. Un indicio aún más importante son los numerosos libros sobre mujeres célebres que empezaron a publicarse en la segunda mitad del siglo. Dichas colecciones incluían personajes de lo más dispar: junto a Eva o la Virgen María, podía encontrarse a Safo de Lesbos o a Mme. de Staël. Pero dicha disparidad no anula la evidencia palpable del protagonismo que adquiere la mujer y de la creencia cada vez más generalizada de que esta podía distinguirse por sus actos (Scanlon, 63).

 

"La mujer" a debate en el fin de siglo . Ecos del movimiento feminista en España

Entre los que han estudiado la historia del feminismo en España es común reconocer que, durante la segunda mitad del siglo XIX, este prácticamente se redujo a la información que ofrecían algunas revistas, así como a la aparición de una incipiente polémica en las mismas. Es más, si por un lado es evidente que el movimiento feminista tardó en obtener logros importantes entre nosotros mucho más tiempo que en otros países, por otra parte hay que reconocer que la polémica acerca del papel de la mujer en la sociedad siguió en España casi la misma pauta que en aquellos. Periódicos y revistas culturales, como La España Moderna o La Lectura, hablaban frecuentemente del asunto, comentaban las actividades realizadas en el extranjero y reseñaban o reproducían artículos publicados en la prensa internacional. Libros capitales en la lucha feminista fueron traducidos y publicados en España. En "La biblioteca de la mujer", creada en 1892 bajo la dirección de Emilia Pardo Bazán, con la pretensión de ampliar la cultura entre las mujeres españolas, apareció la popular obra de John Stuart Mill, La esclavitud femenina, muy celebrada por las feministas de la época. Asimismo, la obra del más destacado divulgador de la teoría socialista sobre el papel de la mujer en la nueva sociedad, Die Frau und der Sozialismus (1879) de Ferdinand August Bebel, fue traducida al castellano por Emilia Pardo Bazán (La mujer ante el socialismo, Madrid, s. f.).

Sin embargo, el hecho de que la cuestión feminista interesara también en nuestro país no quiere decir que fuera siempre bien acogida. Muy frecuentemente las noticias sobre el movimiento se comentaban en un tono burlón y sarcástico, cuando no de absoluto desprecio. Adolfo González Posada, al reseñar en La España Moderna (año 10, nº 120, diciembre de 1898) un nuevo libro publicado en Francia sobre el feminismo, Le feminisme, de Kaethe Schirmachen (París, 1898), advierte que "en verdad, pocas cuestiones pueden llamarse con más propiedad y exactitud du temp present que esta del feminismo" y añade a continuación que pocos síntomas podrían reflejar tan bien el atraso de nuestro pueblo como "esta indiferencia, quizá desprecio, con que se tratan las cuestiones que entraña el llamado feminismo" (pp. 194-195). Lo cierto es que si en España se informaba regularmente de todo lo relacionado con el movimiento feminista, las ideas defendidas por éste no llegaron a calar hondo entre nosotros, al menos no todavía en la época que nos ocupa. A este respecto, es interesante observar cómo las frecuentes referencias al feminismo o a las novedades bibliográficas en la materia en las revistas culturales de la época comparten página y sección con múltiples reseñas de otro tipo de libros que, si bien trataban también el tema de la mujer, un tema sin duda de actualidad en el fin de siglo, difícilmente podrían adscribirse a lo que hoy entendemos por "feminismo". Nos referimos a obras como Plan nuevo de educación completa para una señorita al salir del colegio (1898), de la Vizcondesa de Barrantes; La niña cortés o lecciones de urbanidad (1898), de J. Codina; o En el salón y en el tocador (1899), de Concepción Gimeno de Flaquer. El ejemplo de esta última, escritora prolífica de libros sobre y para la mujer, es sumamente revelador de cómo se vivió el debate el torno a la mujer en España. En varios escritos se presenta a sí misma como portavoz de lo que denomina "feminismo conservador". La finalidad perseguida por éste no era la de luchar contra el hombre, ni eludir las obligaciones domésticas, antes bien era la de "conservar a la mujer muy femenina", pues el poder de la mujer reside en "la ternura, el pudor, la elegancia, la gracia y la coquetería" (cit. por Scanlon, 200-201). En 1899, Adolfo González Posada afirmaba en un estudio titulado precisamente Feminismo que en España no hay una polémica seria sobre cuestiones feministas y que no existen grupos feministas bien organizados con un programa de reformas prácticas (pp. 191-193) (Scanlon, 4). Por su parte, la Condesa de Campo Allegre, al estudiar la historia del feminismo español, dijo que éste "no llegó nunca a formar lo que se llama un movimiento y tuvo siempre un carácter vergonzante. La resignación fue el rasgo dominante de nuestras mujeres" (cit. por Litvak, 184). En definitiva, también en la España del siglo XIX preocupó la cuestión femenina, pero el incipiente debate que tuvo lugar entre nosotros sobre el feminismo tuvo un carácter peculiar si lo comparamos con lo que estaba ocurriendo en algunos países del mundo occidental en la misma época.

Es evidente que en cuestión de reivindicaciones feministas existió un considerable desfase en el caso español, pero ello no debe hacernos silenciar ciertas acciones aisladas, no por ello menos importantes, en nuestro país. Aparte de la atención prestada al feminismo en algunas publicaciones periódicas o los comienzos de una literatura que se hace eco de este asunto, la mayoría de las reivindicaciones están en su mayor parte relacionadas con la educación de la mujer.

En una conferencia leída en el "Centro Obrero" de Barcelona los días 18 y 24 de octubre de 1903, José Prat denunciaba la superficial educación que recibían las mujeres de clase alta: "basta con aprender a leer y escribir, un poco de historia y de geografía, pintura, un par de idiomas, música, baile, algo de bordado y de arte y una gran dosis de religión" ("A las mujeres", Barcelona, Biblioteca Juventud Libertaria, 1904) (cit. por Nash, 79). Fabián Vidal, en una crónica sobre "Las mujeres y el arte", publicada en Alma española, el 30 de abril de 1904, (nº 23, pp. 7-8), da una visión más pobre aún de la cultura de la mujer burguesa: "posee los conocimientos generales de la mujer educada en un convento de monjas. Chapurrea el francés, martiriza el piano, canta con voz bonita y regular afinamiento, sabe hacer varias caprichosas labores y hasta es capaz de agasajar a su esposo con algún plato artísticamente culinario. Pero que la saquen de ahí, porque entonces desaparecerá el barniz de cultura y queda al descubierto la burguesa ignorante, de mentalidad escasa, que forma el tipo corriente entre dicha clase social" (p. 7).

Pues bien, ante la pobreza que muestra la educación femenina, desde la escuela krausista y la Institución Libre de Enseñanza se manifestó cierta preocupación por llevar a cabo algunas reformas. En un intento de elevar el número de estudiantes del sexo femenino se crearon programas pedagógicos dirigidos a la mujer. Así, por ejemplo, se funda en 1869 la "Escuela de Institutrices", que vino a suplantar a la única escuela pública de enseñanza superior, la "Escuela Normal de Maestras". En 1870, se creó la "Asociación para la enseñanza de la mujer", cuyo objetivo era la reforma de la enseñanza, y que fundará en Madrid numerosos centros, como la "Sección de idiomas y Música" o la "Escuela de Comercio" (1878). Hay que tener en cuenta que a estas escuelas, de carácter privado, sólo asistieron una privilegiada minoría de mujeres, casi todas pertenecientes a la burguesía madrileña, con lo que no puede sobrevalorarse el resultado de estas iniciativas (Cabrera Bosch, 34-36). Quizás lo más importante fue que por primera vez se consideró a la mujer como individuo con derecho a una educación que redundaría tanto en beneficio de la sociedad, como en beneficio propio (Scanlon, 7-8). Por otro lado, no cabe duda de que estas iniciativas consiguieron al menos atraer la atención de la opinión pública hacia el tema de la educación femenina.

Geraldine Scanlon cita como indicio de este nuevo interés la aparición de revistas nacidas con la voluntad de ampliar la cultura de la mujer y de convencerla de lo injusto de su situación. Entre estas, caven citarse La Instrucción para la Mujer (1882), órgano de la "Asociación para la Enseñanza de la Mujer", o La Ilustración de la Mujer, que tenía un carácter menos solemne y que, junto a secciones dedicadas a la cultura, incluía también un fascículo separado dedicado a la moda (Scanlon, 21-23). En relación con este tema, hay que mencionar también la aparición de algunos estudios, debidos a mujeres, que denunciaban la educación tradicional femenina, tales como Páginas para la educación popular (1877), de Sofía Tartilán, o La mujer del porvenir (Madrid, 1869) y La mujer de su casa (Madrid, 1883), de Concepción Arenal.

Al margen de todos estos documentos de un interés evidente, son las leyes la más valiosa fuente de información acerca de la posición de la mujer española en el fin de siglo. La mayor parte de los derechos que asistían a la mujer soltera desaparecían inmediatamente con el matrimonio. La subordinación de la mujer casada al marido quedaba estipulada en distintos artículos del Código Civil de 1889. Así, el artículo 57 establece que "el marido debe proteger a la mujer, y ésta obedecer al marido"; el 58 que "la mujer está obligada a seguir a su marido dondequiera que fije su residencia"; el 59 que el marido era el administrador de los bienes del matrimonio y el 60 que el marido era también el representante de la mujer y ésta no podía, sin su presencia, comparecer a juicio (Nash, 20). Si comparamos esta situación con los logros que poco a poco se iban obteniendo en Inglaterra, Francia o los Estados Unidos, la desigualdad jurídica de la mujer en España en el último tercio del siglo XIX es aún mucho más evidente. Los tímidos intentos en las últimas décadas del siglo XIX de revisar la situación jurídica de la mujer no consiguieron avances importantes. En el preámbulo de la Ley de 18 de junio de 1879 sobre matrimonio civil se planteó el divorcio, que fue finalmente rechazado al ser considerado por la mayoría, incluso por las voces más vanguardistas, como contrario a la doctrina católica. Conocemos un dato significativo al respecto: en 1903 Carmen de Burgos hizo una encuesta de opinión sobre el tema y cuando doña Emilia Pardo Bazán fue preguntada, intentó evadir una respuesta comprometida (Cabrera Bosch, 42). No faltaron, en cambio, otras posturas mucho más revolucionarias. En un artículo titulado "Adulterio y divorcio", aparecido en Alma española (nº 10, 1903, p. 2), Pío Baroja rechaza tajantemente la creencia generalizada de que "el adulterio en el hombre es una falta", mientras que "en la mujer es un crimen", y toma partido por la legalidad del divorcio. Termina incluso su artículo expresando su esperanza de que este prepare el camino para la unión libre, "la forma más perfecta, más acabada de la unión sexual" (p. 2). En cualquier caso, hay que señalar que las posturas más radicales que preconizaban la disolución del núcleo familiar, como las propuestas a finales del siglo por algunos militantes anarquistas, como Anselmo Lorenzo, apenas suscitaron el apoyo ni siquiera de sus propios compañeros (Nash, 21).

Aunque alguna voz solitaria reclamó el derecho al voto para la mujer, todavía en los últimos años del siglo XIX no fue esta una cuestión importante en España, ni siquiera para aquellas que se llamaban feministas. En un artículo titulado "El sufragio femenino en Inglaterra y América", publicado en La España Moderna en 1895, el licenciado Pero Pérez afirmaba que este tema "tiene sin cuidado a los países de la llamada raza latina" y que la privación del voto "no da ni frío ni calor a la mayor parte de las mujeres" (cit. por Scanlon, 150). En realidad, habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XX para que se produzca una protesta relevante a favor de una reforma legal. Concretamente, será con la Constitución de la Segunda República, cuando quede legalmente establecida la igualdad entre los sexos dentro y fuera del matrimonio, se introduzca la ley de divorcio o se consiga el derecho al voto para la mujer española.

También en lo que respecta a la situación laboral de la mujer, España estaba considerablemente retrasada en relación con otros países. La campaña a favor del derecho al trabajo de la mujer encontró una hostilidad mucho mayor incluso que la campaña en pro de su mejor educación. La realidad es que la mayoría de las mujeres españolas no estaban más convencidas que los hombres del fundamento de sus derechos profesionales. Es significativo el hecho de que muchos de los folletos dirigidos a convencer a la mujer de su papel de sumisión y obediencia dentro de la sociedad, como Las mujeres españolas... pintadas por sí mismas, de Faustina Sáez de Melgar, estaban escritos por mujeres (Scanlon, 60). Hubo, en cambio, alguna excepción digna de mención, como la de Acosta de Samper, que en La mujer en la sociedad moderna (París, 1895), ofrecía "ejemplos de mujeres que han vivido para el trabajo propio, que no han pensado que la única misión de la mujer es la de la mujer casada, y han logrado por vías honradas prescindir de la necesidad absoluta del matrimonio, idea errónea y perniciosa" (Scanlon, 63). Asimismo, hay que recordar también las obras ya citadas de Concepción Arenal.

Pero, ¿cuál era la situación laboral de la mujer española? Naturalmente, la polémica en torno a la incorporación de la mujer al trabajo concernía exclusivamente a la mujer de clase media. Las mujeres aristócratas obviamente quedaban al margen de este asunto y, por otro lado, el trabajo de las mujeres de la clase baja se veía como algo necesario que no podía entrar en discusiones de índole moral. De entre todos los trabajos que desempeñaban las mujeres eran aceptados más favorablemente por la sociedad aquellos que, como el de maestra, tendían a considerarse como una prolongación natural del carácter femenino (Scanlon, 64). Concepción Arenal, en su artículo "Estado actual de la mujer española" (La España Moderna, septiembre de 1895), dice que los únicos puestos que pueden ocupar las mujeres son "maestra de niñas, telegrafista y telefonista, estanquera, reina". Scanlon añade a esta lista los puestos de baja categoría en el Cuerpo de Empleados de Cárceles y el de funcionarios y auxiliares de Resguardo, así como el de comerciantes, sobre todo en Cataluña (Scanlon, 76-77).

Las reivindicaciones en el terreno legal fueron escasas y consiguieron pocas cosas en las últimas décadas del siglo XIX. En 1888, el Partido Socialista incorporó en su programa la reivindicación de una equiparación salarial entre los sexos para igual trabajo. Habrá que esperar a la Ley del 13 de marzo de 1900 para que se inicie de forma efectiva la legislación estatal de protección a la obrera en España. Las condiciones de la mujer en el trabajo fueron mejorándose asimismo al ampliarse esta legislación en el Real Decreto del 13 de noviembre de 1900, la Ley del 8 de enero de 1907 y el Real Decreto del 21 de agosto de 1923 (Nash, 56-58).

Dado su alarmante crecimiento en las últimas décadas del siglo en casi todas las capitales europeas, la prostitución llegó a convertirse en un tema de máxima actualidad, uno de los motivos más recurrentes de la literatura popular del siglo XIX y, naturalmente, un asunto que preocupaba también a aquellos que se interesaron por la situación laboral de la mujer. Al igual que en otros países, una de los objetivos perseguidos por los sectores más progresistas fue precisamente la abolición de la prostitución legalizada. Por su puesto, también los hombres de ciencia escribieron muchas página sobre el tema. A modo de ejemplo diremos que, en 1904, el conde de Romanones ofreció un premio en el quinto concurso de la Academia de Higiene de Cataluña a un ensayo sobre "La falta de cultura como causa de la degeneración y prostitución de la mujer" (Scanlon, 114).

Tras la situación descrita, podemos afirmar que en los últimos años del siglo XIX no existió en España un movimiento feminista bien organizado semejante al de otros países. Es más, España no contó con representación ninguna en los Congresos Internacionales de Mujeres celebrados a finales del XIX. Durante los primeros años del siglo XX se crearon algunas instituciones culturales o pedagógicas que con mayor o menor presión plantearon algunas reivindicaciones. Así, por ejemplo, pueden citarse la "Junta para la represión de la trata de blancas" o la "Junta de damas de la Unión Ibero-Americana de Madrid". Pero para que se cree la ANNE (Asociación Nacional de Mujeres Españolas), que se iba a convertir en la organización feminista más importante de España, habrá que esperar a 1918, fecha en la que las mujeres de otros países ya habían conseguido muchos de sus objetivos y el feminismo ya no era motivo de escándalo.

 

El discurso antifeminista: la Iglesia, la ciencia, la filosofía

Si las voces precursoras del movimiento feminista se dejaron oír en España, con más intensidad lo hicieron aún todas aquellas que alimentaron las posturas antifeministas y contrarias a la emancipación de la mujer, tanto o más numerosas durante esta época que las primeras. Ante la creciente amenaza de que unas estructuras sociofamiliares que parecían inamovibles sufrieran serias transformaciones, en las últimas décadas del siglo XIX toda una serie de discursos -moralistas, científicos, filosóficos...- se aunaron para impedirlo.

Excelentes testimonios de esta situación son sin duda los numerosos manuales y guías, del tipo de La educación moral de la mujer (Madrid, 1877) de Ubaldo R. Quiñones, que se publican por esto años. Proliferaron extraordinariamente en las últimas décadas del siglo XIX, precisamente cuando el papel tradicionalmente asignado a la mujer en la sociedad comenzaba a sentirse en peligro. En casi todos estos manuales la educación femenina suele quedar restringida a la exposición de sus deberes domésticos y a una guía de buenos modales, siendo el fin primordial de todos ellos preparar a la mujer para el matrimonio. No obstante, la mayoría de los autores no ignoraban que los principios básicos sobre los que se asentaba su concepción de la mujer ideal comenzaban a estar seriamente amenazados. Antes que eludir esas amenazas, se echaron mano de unas interesantes estrategias para neutralizarlas. Frecuentemente se alude en estos manuales de educación a los nuevos conceptos de igualdad y emancipación, para seguidamente referir las desastrosas consecuencias que puede traer el adherirse a ellos: desorden, vicio, destrucción de la familia, etc. Por otro lado, para convencer a la joven de que se ocupara exclusivamente de las tareas domésticas, se tomaba la precaución de hacerla sentirse importante en la realización de dichas faenas. Ahora más que nunca se sintió como una necesidad imperante que el papel de la mujer quedara bien definido incluso en los libros. Esta situación explica también la frecuencia con la que se recomendaba la lectura de determinados clásicos, como La perfecta casada, de Fray Luis de León, o De la instrucción de la mujer cristiana, de Juan Luis Vives (Scanlon, 18-21).

Durante años, para persuadir a la mujer de cuál era su posición en la sociedad no había más que invocar a la religión y a la voluntad divina. La inferioridad intelectual de la mujer se afirmaba como una verdad evidente. La naturaleza había distribuido diferentes cualidades entre el hombre y la mujer: "el hombre era acción, inteligencia, poder y su función estaba en la sociedad y la vida pública; la mujer era pasividad, sentimiento, fragilidad y su función estaba en el hogar" (Scanlon, 162). Naturalmente, ante esta situación la defensa de los derechos de la mujer o los deseos de emancipación eran una evidencia de herejía y enfrentamiento a la Iglesia. En el momento que estos argumentos comenzaron a sentirse insuficientes entre algunos sectores, se recurrió a la autoridad de la ciencia, como método infalible para demostrar esas supuestas verdades. Durante el siglo XIX, tanto en Europa como en Estados Unidos se asiste a una debatida polémica "científica" acerca de la pretendida inferioridad intelectual de la mujer con respecto al hombre. Los argumentos esgrimidos a favor de esta tesis, procedían del campo de disciplinas científicas como la fisiología, la biología y la anatomía, y se fundamentaban en los escritos de F. J. Gall, Herbert Spencer, T. Bischof o P. J. Moebius, entre otros. De esta forma, junto al discurso religioso y moralista, surge un nuevo discurso médico-científico que prestará argumentos tremendamente útiles a los sectores antifeministas.

Las teorías aparentemente más convincentes al respecto se debieron a la frenología y, más concretamente, al doctor Franz Joseph Gall, autor de Recherches sur le système nerveux en général, et sur celui du cerveau en particulier (París, 1809). Relacionaba este la conformación externa del cráneo con el desarrollo y posición de los órganos pertenecientes a las diversas facultades mentales. Una de las conclusiones a las que llegó Gall era que al estar el cerebro de la mujer menos desarrollado en su parte antero-superior, sus facultades intelectuales eran necesariamente inferiores a las de los hombres. El doctor Gall fue, gracias a sus teorías, uno de los científicos más citados y respetados por los antifeministas (Scanlon, 163-164). También se recurría con muchísima frecuencia a Herbert Spencer. No en vano, en The principles of Biology (1864-1865) y más tarde en The Principles of Ethics (1892-1893) sostenía este último que la actividad intelectual era incompatible con la procreación (Scanlon, 171).

Son también numerosos los trabajos que, desde el punto de vista de la psicología y la sociología, desde una perspectiva "racional y científica", por tanto, trataron el tema de la supuesta perversidad femenina. El discurso médico de la época atribuía el incremento de la prostitución a aspectos hereditarios y a la atracción y abandono al placer carnal, pereza, debilidad intelectual, etc., de las prostitutas, antes que a un factor como el de la miseria de la clase proletaria. En La donna delinquente, la prostituta e la donna normale, el famoso criminalista C. Lombroso y G. Ferrero sostienen que la prostitución es la manifestación de la estructura criminal latente en la mujer. Dicha teoría alcanzó una extraordinaria difusión, siendo este libro rápidamente traducido a varios idiomas, tras su primera edición en 1893. Otros autores contemporáneos expusieron teorías en la misma línea. Paul Adam, en un artículo titulado "Des Enfants", publicado en La Revue Blanche, en 1895, señalaba las perversas características eróticas de la mujer magnificadas en la conducta de la niña, quien, en su opinión, poseía una inherente tendencia a la prostitución (Bornay, 151).

Otra idea que alcanzó popularidad en la época fue la de acusar a la mujer de ejercer una influencia nefasta y destructiva en el hombre como ser creador. Ya en 1810, el doctor francés J. Joseph Virey, en su obra De l'influence des femmes sur le goût dans la littérature et les beaux arts pendant le XVIIe et le XVIIIe siècle, atribuía a la intervención femenina la degradación que decía contemplar en el área de la cultura y las artes. Esta idea aparece representada en obras de Henry James, Zola u Octave Mirbeau, entre otros. Durante la segunda mitad del siglo, estas actitudes misóginas son corroboradas por Schopenhauer, Nietzsche o Weininger. En su exaltación de la voluntad y del dominio del espíritu sobre la materia, para Schopenhauer tanto las exigencias del cuerpo, como la mujer que las provoca y estimula, eran absolutamente abominables. Su obra El amor, las mujeres y la muerte (1851) ha sido considerada como un verdadero alegato, próximo, al libelo contra la mujer. Asimismo, el "superhombre" de Nietzsche, se caracteriza por la total y absoluta libertad de espíritu, en contraposición a la "materia pasiva" que es la mujer. Por su parte, el vienés Otto Weininger, cuya obra Sexo y Carácter (Viena, 1903) tuvo un gran éxito de público, llevaría al extremo este desprecio contra el sexo femenino (Bornay, 85-86).

Naturalmente, los ecos del debate científico y filosófico en torno a la inferioridad intelectual y moral de la mujer no tardaron en llegar a España. Como es bien sabido las obras de Schopenhauer y Nietzsche fueron ampliamente difundidas y admiradas entre nosotros. Bajo la influencia de Schopenhauer, en La voluntad, Azorín nos muestra un hombre que al casarse con una mujer fuerte y enérgica como Iluminada, queda por completo entregado a la voluntad de ella, convirtiéndose en un ser abúlico y pasivo que deja hacer y vive como una cosa. También Weininger alcanzó una gran popularidad, siendo muy citado en España en los años veinte. Muchos de los más importantes autores que habían tratado de demostrar científicamente la menor capacidad femenina se leyeron y comentaron en España. De sobra conocida es la amplia difusión que tuvieron las obras de Spencer, traducidas por Miguel de Unamuno para La España Moderna. El trabajo de P. J. Moebius sobre le deficiencia mental fisiológica de la mujer fue traducido al español por Carmen de Burgos, bajo el título de La inferioridad mental de la mujer (Valencia, s. f.) (Scanlon, 165). En 1895, La España Moderna publicó un artículo titulado "Las mujeres y el darwinismo", que, en realidad, era una traducción resumida de un trabajo de R. Kossman, publicado en Nord und Süd. Se argumentaba aquí que el feminismo llevaría a la pérdida de las características sexuales y, por ende, a la extinción final de la raza (Scanlon, 174). En el mes de diciembre de 1895, La España Moderna publicó también un comentario del licenciado Pero Pérez a propósito de la obra del profesor de psicología de la Universidad de Viena, Benedikt, quien había intentado demostrar que el hombre se caracteriza por la acción y la iniciativa, mientras que la mujer por la ternura (Scanlon, 163). Algunos autores españoles desarrollaron teorías en la misma línea. Urbano González Serrano, en sus Estudios psicológicos (Madrid, 1892), afirmaba que la mujer estaba sacrificada al amor y a la maternidad y era una enferma y sierva de su constitución física, lo que la incapacitaba para mantener una relación de amistad con el hombre. Emilia Pardo Bazán reaccionó rápidamente ante dicha aseveración negando tajantemente que la mujer fuese una enferma permanente. La respuesta de Pardo Bazán fue el origen de una especie de debate sobre este asunto que mantuvieron Urbano González y Adolfo González Posada, publicado más tarde bajo el título de La amistad y el sexo. Cartas acerca de la educación de la mujer (Madrid, 1893) (Scanlon, 169). De forma similar a Urbano González, el doctor Mariscal y García, en su Ensayo de una higiene de la inteligencia (Madrid, 1898), sostiene los acostumbrados tópicos sobre las cualidades masculinas y femeninas y la inferioridad intelectual de la mujer (Scanlon, 163).

Junto a Pardo Bazán, otra mujer, Concepción Arenal, reaccionó ante la extensión y popularidad de estas teorías "científicas". Concretamente, en La mujer del porvenir, arremete contra las argumentaciones del famoso especialista en anatomía y fisiología del cerebro, el doctor Gall. Frente a su postura, Concepción Arenal sostiene que la diferencia intelectual del hombre y la mujer se debe a la diferente educación que reciben ambos, antes que al tamaño de su cerebro (Cabrera Bosch, 39). Asimismo, Joaquín de Huelbes, en "El feminismo ante la ciencia" (Germinal, nº 16, 1897), replica a los diferentes argumentos científicos que tratan de demostrar la inferioridad femenina y concluye proclamando que "la mujer es por lo menos igual al hombre" (p. 10) (cit. por Celma).

En cualquier caso, a excepción de unos pocos que reaccionaron contra estas teorías, la tendencia generalizada fue la de dudar acerca del potencial intelectual de la mujer. En un artículo titulado "La Eva futura", publicado en Revista Nueva (II, 1º serie, nº 23, 1899, pp. 193-197), Manuel Bueno comentó un libro que acababa de publicarse en Italia: Inchiesta sulla donna, de Guglielmo Gambarotta. Se pasaba en éste revista a las últimas opiniones de los autores más cualificados acerca de la mujer. Bueno hace referencia a las ideas de Lombroso, Padovan, Sergi, Butti, etc., y concretamente a la difundida teoría que considera a la mujer como un ser intermedio entre el niño y el hombre, con la que se identifica plenamente. Lo más significativo es que esta postura no fue privativa de sectores conservadores o liberales. También los sectores de la izquierda española, a pesar de sus reivindicaciones de igualdad entre los sexos, expresaron con frecuencia una duda sistemática sobre la capacidad intelectual de la mujer (Nash, 14).

 

La mujer y la moda

Muchos de los estudios y manuales dedicados a la educación femenina que se publicaban durante estos años prestaban especial importancia a todo aquello que la joven requería aprender para tener un aspecto agradable y adecuado. El título completo de una obra ya citada de Concepción Gimeno de Flaquer, En el salón y en el tocador. Vida social. Cortesía. Arte de ser agradable. Belleza moral y física. Elegancia y coquetería, es sumamente revelador al respecto. En una conferencia también citada más arriba, José Prat denunciaba que en la sociedad contemporánea la mujer de clase alta era algo así como "un simple objeto de lujo con derechos muy restringidos", en cuya ínfima y superficial educación, la lección más importante era "el arte de cautivar el macho, que no al hombre, con su belleza natural y con los perifollos de la última moda". Es más, si a la mujer podría perdonársele que olvidara lo poco que aprendió en el colegio, nunca que dejara de vestir a la moda. "De una gran señora -afirma José Prat- se dice siempre: «viste muy bien», «es muy elegante», pero raras veces puede decirse que es inteligente" (cit. por Nash, 79). El "arte de la elegancia" llegó a significar para algunas mentalidades del fin de siglo un valor superior no sólo al de la inteligencia, sino incluso al de la belleza. "La belleza -afirma Gómez Carrillo en una de sus populares crónicas sobre la mujer y la moda- como la virtud y el heroísmo, son cosas pasadas de moda. Lo que nosotros adoramos es algo menos grande y menos raro, algo que no es divino, algo que tiene su parte de artificio y su parte de capricho, algo que puede llamarse gracia o elegancia..., pero no belleza" (p. 38) (cit. por Blasco, 28). Al cultivo de dicho arte se entregaron con fervor muchas mujeres de la clase alta y media del fin de siglo. Es en este momento cuando surge un nuevo concepto del diseñador de moda, llamado a transformar el mundo de la haute couture. Si en épocas anteriores el diseñador -casi siempre mujer- era un personaje relativamente humilde que visitaba a las damas en sus hogares, ahora comenzará a exigirlas que acudan a él (Laver, 187). Y, a pesar de ello, o precisamente por eso, nunca como en la belle époque, las mujeres acataron más servilmente los dictámenes de la moda. Es éste un mundo, el de la moda, que no podemos, por lo tanto, pasar por alto en un completo retrato de la mujer finisecular.

Uno de los objetivos del movimiento de emancipación femenina que surge en Europa en la segunda mitad del siglo XIX era luchar contra las tiranías que la moda imponía a la mujer. Prendas como el corsé, que la obligaban a sacrificar su salud para lucir un esbelto talle ante la mirada del hombre, encerraban unas implicaciones sociológicas respecto a su papel en la sociedad que no podían pasar desapercibidas. La mayoría de las mujeres, en cambio, hacían caso omiso de esas voces aisladas. Muy por el contrario, la mujer de fin de siglo se dejaba seducir por otro prototipo de feminidad más atractivo y sugerente que continuamente se le ofrecía en las páginas de publicaciones como La vida galante, La Moda Elegante, Blanco y Negro, La Ilustración u Hojas Selectas. Todas estas revistas se preocupaban de poner a la mujer española de fin de siglo al corriente de la moda, dando puntual noticia de las últimas novedades parisinas. Pero, si las revistas culturales de fin de siglo no mostraron reparos en dedicar secciones fijas al mundo de la moda, tampoco lo hicieron algunos escritores que siguiendo el ejemplo de prestigiosas plumas extranjeras (Baudelaire, Remy de Gourmont, Mallarmé...) demostraron auténtica devoción por todos aquellos objetos creados para embellecer a la mujer.

Felipe Trigo revela en sus novelas una auténtica pasión por los pormenores del atuendo femenino, rayando en ocasiones en el fetichismo. No es raro que este autor se detenga en minuciosas descripciones del calzado, las medias o la ligas de sus heroínas (Litvak, 165). También Valle-Inclán muestra un gusto e interés extremo por la ropa femenina y los vestidos que Bradomín escoge para Concha, en la Sonata de Otoño, o que lleva la Niña Chole, en la Sonata de estío, son minuciosamente descritos (Litvak, 119). Pero serán las populares crónicas de Gómez Carrillo, recogidas más tarde en el libro La mujer y la moda (Madrid, Mundo latino, s. f.), el más exacto retrato del sofisticado y complejo mundo de la toilette femenina en los albores del siglo. Se componía esta de un sinfín de elementos -corsés, sombreros, manguitos, guantes, cosméticos, joyas, perfumes...- que adquirían una relevancia y protagonismo por igual a la hora de ataviar y armar a la mujer del fin de siglo para la seducción. Al igual que la literatura de la época, la moda femenina se caracterizó en este momento por una gran dosis de ostentación y extravagancia.

Tal como nos informa James Laver, los tejidos favoritos eran el crêpe de china, el chiffon, la mousseline de soie y el tul. Muchos vestidos llevaban complicados bordados o iban incluso pintados a mano. El trabajo que llevaba hacer cada uno de los vestidos a la moda era tremendo, sólo comparable al de los brocados de principios del XVIII (Laver, 222). Durante esta época se utilizó mucho el encaje que, en ocasiones, cubría casi todo el traje, haciendo el efecto de una auténtica cascada. Pero los adornos de encaje se utilizaban también en las enaguas, que adquieren ahora una nueva importancia. Como la mujer debía sujetarse continuamente la falda con la mano para andar, el adorno de encaje de la enagua quedaba al descubierto, lo que al parecer tuvo en esta época un extraordinario atractivo erótico (Laver, 208). En su minucioso repaso de la moda femenina, las revistas no olvidaban detenerse en todos los pormenores de la ropa interior, la cual, por supuesto, tenía que combinar y armonizar con el vestido. Dos de los nuevos instrumentos para la sofisticación femenina que se imponen por aquellos años son las ligas y el liguero. Pero quizás es la polémica surgida en torno al uso del corsé el mejor retrato de la mentalidad y las preocupaciones de la época. El movimiento o "liga anticorsé" promovido por las emancipacionistas esgrimía argumentaciones médicas en contra de esta prenda. Al parecer, las autopsias confirmaban que a menudo el hígado de la mujer estaba partido por la mitad a causa de su uso (Litvak, 171-172). En 1881 se creó el "Movimiento del Traje Racional", cuyos miembros estaban preocupados por lo malsano de la moda; especialmente por el corsé, que ajustaba la figura femenina hasta deformarla (Laver, 202). Dichas iniciativas fueron frecuente motivo de escarnio. Hubo quien, como Gómez Carrillo, alarmado ante dichos ataques, no tardó en salir en defensa del corsé. A pesar de todo, con el tiempo, los enemigos del corsé llegaron a conseguir su propósito. En países como Rusia, Alemania y Rumanía, consiguieron incluso legislaciones contra esta prenda. Aunque, naturalmente, fue sobre todo, cuando las mujeres comenzaron a hacer una vida más activa cuando se pasaron de moda los rígidos corsés.

Pero con la desaparición del corsé no desapareció la sofisticación. Los modelos creados por Paul Poiret, que, al tiempo que subían el talle y llenaban el traje de vivos colores e influencias orientales, liberaban a la mujer de los corsés, irrumpieron en el París de la bélle epoque a principios de siglo. En España, Mariano Fortuny Madrazo, crea en 1907 la túnica conocida como el "Delfos", que exigía también la eliminación del corsé, pues "estaban creadas para un cuerpo desnudo, cuyas formas no pretendían alterar, sino, por el contrario amoldarse a él". Se hizo tremendamente popular y se vistieron con él Isadora Duncan o Natacha Rambova, esposa de Rodolfo Valentino. La moda creada por Fortuny ha sido relacionada con el movimiento inglés de Arts and Crafts, precisamente porque sus prendas estaban hechas a base de técnicas artesanales en el tratamiento de los tejidos, a los que se aplicaban motivos inspirados en fuentes medievales, renacentistas, barrocas, chinas, árabes... (Laver, 345-346).

Los sombreros, que, naturalmente, debían venir de París, alcanzaron una sofisticación insospechada y sus precios podían llegar a ser altísimos. Frecuentemente se adornaban con plumas, que hacían furor en estos años. Bajo el sombrero, la mujer elegante se cubría el rostro con el velo, que solía tener grandes espacios libres entre graciosos ramajes que dejaban adivinar el rostro. La larga lista reproducida por Litvak de diferentes estilos de manguillos utilizados en la época nos dan un ejemplo de los niveles de sofisticación a los que podía llegar el mundo de la moda: "El manguillo Nido, en satín blanco, con aplicaciones de encaje; el manguillo Flor, el manguillo Watteau con ronda de amorcillos pintados sobre satín blanco. El manguillo Fígaro en terciopelo negro... " (Litvak, 166). Por la tarde debían usarse guantes largos que cubrían parte del brazo y, naturalmente, también había una lista interminable de diferentes tipos de guantes: "en seda china, castor, suede, cabritilla, tul, encaje; tipo mosquetero, colombina, España... "; además, el guante podía estar ataviado ¡hasta con treinta y dos botones! (Litvak, 166). Una de las obsesiones o fetiches de la época, atestiguada por autores como Barbey D'Aurevilly o Valle-Inclán, era el calzado y el pie femenino, que se carga de un gran erotismo. Ello tiene fácil explicación: después de 1851 la falda del vestido subió tres pulgadas del suelo. Hubo ciertos cambios significativos en el calzado: en el último cuarto de siglo comienza la moda del tacón alto y las botas femeninas, al igual que los guantes, podían disponer de un sinfín de botones (Litvak, 123-124).

También las joyas adquirieron un gran protagonismo y sus sofisticados diseños estaban regidos por el lirismo y la armonía sinuosa del arte finisecular. Así las ha descrito Lily Litvak: "Ondulaciones de oleajes, cascadas de náyades, cabezas de gorgona asomadas bajo gemas, cabellera de ninfas cuajadas de flores, racimos de gemas que chispean entre piedras esmaltadas o pedazos de vidrio"(Litvak, 162). Esas joyas "son cosas animadas, objetos vivos y vivaces que se mueven, que palpitan, que se insinúan", afirma Gómez Carrillo en una de sus crónicas (cit. por Blasco, 22). Se usaban también grandes abanicos de plumas curvadas o rectas, de avestruz y joyas. Sabemos también que los perfumes de París eran ofrecidos a la dama elegante en preciosos frascos y que sus nombres podían ser tan sugerentes como "Secreto de amor", "Efluvios de la pagoda", "El beso del emir", "El último tango" o "Desmayos de voluptuosidad oriental" (Litvak, 1629).

Y, por último, a la mujer de fin de siglo se la ofrecía la posibilidad de embellecer su rostro con una lista interminable de productos cosméticos que hacían del acto de maquillarse un proceso largo y complicado. No en vano, Baudelaire había hablado con entusiasmo del arte de pintarse los ojos, las mejillas y los labios. Los productos ofrecidos eran muchos y prometían a las mujeres todos los milagros imaginables: suavizar y purificar el cutis, blanquear y aterciopelar la ted, suprimir el vello de la piel, teñir los cabellos, fortalecerlos o eliminar la caspa, hacer desaparecer las arrugas, eliminar puntos negros, ronchas o irritaciones. También se ofrecían un sinfín de productos, artilugios y remedios caseros para rectificar la nariz, desarrollar el pecho o aumentar su dureza (Litvak, 163).

Tal como nos la describe Litvak o como se desprende de las crónicas de Gómez Carrillo, la motivación de la moda femenina en el fin de siglo era profundamente erótica. "La mujer -dice Litvak- no se veía, se adivinaba por su porte, por su talle, por las dimensiones del pie prisionero en la botita que apenas se vislumbraba", y ese estudiado pudor hacía sin duda correr la fantasía (Litvak, 163-164). Gómez Carrillo escribió palabras reveladoras al respecto: "La mujer es el eterno enigma, el eterno arcano. Dejándose adivinar, domina mejor que mostrándose. Haciendo como que esconde, enseña más que desnudándose... Y en esto, que es uno de los principios elementales de la sicología estética, está tal vez el verdadero fundamento de la indumentaria, de la moda y del lujo" (pp. 126-128) (cit. por Blasco, 26).

Javier Blasco, que ha estudiado detenidamente las crónicas de Gómez Carrillo, afirma que éste, más allá que comentar las nuevas tendencias de la moda, lo que hace es poner en pie ante la realidad de la lectora a la que se dirige -mujer de clase media, superficial cultural y vida restringida al hogar- una imagen femenina intensamente emblemática de la espiritualidad modernista o, al menos, de una determinada forma de espiritualidad modernista. El ideal de feminidad descrito y ensalzado por Gómez Carrillo funde en una a la mujer frágil y a la mujer fatal que el arte fin de siglo popularizó. Se trata de una mujer delicada, sugerente y cautivadora que se enfrenta abiertamente, no sólo a la prosaica realidad cotidiana o al concepto clásico de la belleza, sino también al prototipo de feminidad que el cada vez más fuerte movimiento feminista quiere imponer (Blasco, 23-24). De lo que se trata en el fondo es de huir desesperadamente de la "democratización" de la belleza que una sociedad más decididamente embocada hacia el uniformismo burgués traía consigo (Blasco, 28). Frente a aquellos que abogaban por un vestuario más racional y saludable para la mujer, Gómez Carrillo recordaba emocionado a un escritor que "fue a su modo un gran feminista", Mallarmé, y para quien "nada importaba que la mujer se echara a perder la salud, con tal de que lo hiciera armoniosamente" (pp. 132-133) (cit. por Blasco, 21).

A principios de siglo, la práctica del deporte se empezó a difundir y popularizar en España y ello, al igual que en otros países, influyó en la forma de vestir. En los primeros años del siglo XX, se puso de moda un tipo de mujer deportiva, representada frecuentemente por los artistas gráficos, cuyo atuendo estaba inspirado en la práctica del tenis, el golf o la bicicleta, que difiere bastante de esa sofisticada mujer descrita por Gómez Carrillo. Naturalmente, resultaba imposible montar en bicicleta con una larga falda con cola y se hizo necesario usar algún tipo de prendas bifurcadas. No tardaron en aparecer las faldas-pantalón o los holgados pantalones más cortos, conocidos como bloomers, en honor a su creadora Mrs. Bloomer, que en los años cincuenta había intentado inducir a las mujeres a adoptar un traje más sensato y racional (Laver, 182 y 210). Pero los tímidos intentos de extender el uso del pantalón para determinadas prácticas al aire libre se iban a encontrar con duros obstáculos. Gómez Carrillo, frente a quienes comenzaban a considerar la falda como el distintivo de la esclavitud femenina, contestará: "la falda tiene al propio tiempo, el vuelo vaporoso de las alas, el rumor delicado de las brisas, la armonía eterna de las curvas... El Diablo mismo perdería mucho si la discreta falda fuera una día reemplazada por el picaresco pantalón, pues no hay nada que indique las líneas de un cuerpo joven como ese velo hermético que parece ocultarlas" (p. 131) (cit. por Blasco, 21). El uso de pantalones por las mujeres no sólo fue ridiculizado desde la prensa, sino también denunciado desde los púlpitos. Pero todo fue inútil; las jóvenes seguían llevándolos. Asimismo, el creciente entusiasmo por las actividades al aire libre y la necesidad de una vestimenta más práctica favoreció poco a poco el uso de prendas más racionales, como el popular "traje sastre", consistente en una chaqueta, una falda y una blusa (Laver, 210).

En definitiva, bien fuera simbolizado en la artificiosidad o extravagancia de sus trajes o en esa indumentaria deportiva propia de una "mujer liberada", en los albores del sigo XX, el mundo de la moda femenina deja entrever un cierto aire de libertad e inconformismo.

 

La mujer en la literatura . Feminismo y Literatura

Se consiguieran en España mayores o menores logros respecto a la situación social y jurídica de la mujer, lo cierto es que el feminismo es una cuestión candente y de actualidad en el fin de siglo también en nuestro país. La frecuente presencia que el tema tiene en la literatura española de la época es buena muestra de ello. Al margen de una literatura reivindicativa escrita por mujeres (Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos...), que, por cierto, adquieren por estos años un importante incremento en el mundo literario, interesa destacar la aparición y extraordinario desarrollo de un género, la novela erótica, que, aun siendo mayoritariamente cultivado por hombres, va a dar a la mujer un protagonismo inusitado.

La novela erótica, profusamente cultivada en España en los primeros años del nuevo siglo, sitúa a la mujer como absoluta protagonista, saltando, como nunca antes lo había hecho "desde su papel representativo de la vida privada [...] al protagonismo público del relato, e inclusive de la sociedad" (García Lara, 28). Quizás entre todos aquellos escritores españoles que abordaron en sus obras el tema de la emancipación femenina, ninguno adoptó una postura tan original y progresista como el novelista Felipe Trigo, quien desde diferentes escritos abogó una y otra vez por una liberalización social de la mujer, fundada en la liberalización erótica. En novelas como Las Evas del Paraíso o Sí sé por qué, o en estudios como Socialismo individualista o El amor en la vida y en los libros, Trigo sienta las bases de una peculiar utopía fundamentada en la exaltación del erotismo como fuerza bienhechora y todopoderosa que posibilita una sociedad feliz. La heroínas de Trigo se entregan libremente al placer sexual, olvidándose de las restricciones sociales y morales en una actitud sorprendente para la época. Como bien ha señalado Lily Litvak, el mayor interés del "feminismo" de Trigo reside en el hecho de que busca la emancipación de la mujer, sin tener como meta la imitación del hombre, sino el encuentro de la personalidad femenina, lo cual resulta más sorprendente en una época en la que las mismas feministas, sin lograr desprenderse de un claro sentido de inferioridad, confundían el éxito humano con el masculino (Litvak, 185). Otros muchos cultivadores de la novela erótica, tan en boga por aquellos años (Zamacois, Juan Pérez Zúñiga, Ramón Asensio Más, Antonio S. Briceño, etc.) se interesaron por el tema de la mujer y, más concretamente, por el del papel que a esta le corresponde en las relaciones amorosas. El adulterio femenino, el crimen pasional, así como la doble moral imperante son temas frecuentemente tratados en sus relatos (Celma).

 

Otros mitos femeninos en el arte de fin de siglo

No todo los artistas de fin de siglo mostraron el mismo interés por el debate social que estaba teniendo lugar en toda Europa acerca de la "cuestión femenina". Por el contrario, mientras una literatura, generalmente adscrita a la estética naturalista, entre la que se encuentra la novela erótica, de forma más o menos explícita tomaba partido en ese debate, otros autores, relacionados con corrientes como el decadentismo o el esteticismo, harán caso omiso del mismo. Y, como ya quedó dicho más arriba, si el Modernismo fue en parte una reacción estética contra la mentalidad positivista y pragmática de la época, contra una realidad prosaica y vulgar, no es de extrañar que tendiera a crear mitos femeninos alejados y contrarios al tipo de mujer que los movimientos feministas querían imponer a través de sus programas de lucha social y política.

En su excelente estudio sobre el Erotismo fin de siglo, Lily Litvak detecta en la obra de Juan Ramón Jiménez y Valle-Inclán dos arquetipos femeninos distintos que, en cierto modo, se complementan entre sí. Se trata, por un lado, de la "mujer serpiente" que aparece desde la pequeña introducción en prosa de los Jardines galantes juanramonianos. Es esta mujer un ser de naturaleza híbrida, animal y humana, símbolo del deseo, la carne, el mundo inferior de los sentidos, la sensualidad, el placer, la caída, pero también del triunfo de la vida y el amor físico. En el lado extremo, se sitúa aquella mujer a la que el poeta llama la "novia de nieve", la mujer pura, casta, virgen, desmaterializada, símbolo del mundo superior del espíritu, que dominará los Jardines místicos desde su primer poema. Ambas mujeres simbolizan un conflicto espiritual no sólo presente en Juan Ramón Jiménez sino en muchos otros escritores finiseculares. También en Valle-Inclán, encontramos, junto a mujeres de inmaculada pureza, como María Rosario, otras, como la Niña Chole, perversas y despiadadas. Se trata de dos arquetipos femeninos bien definidos en la iconografía finisecular que vienen a reflejar la concepción maniquea e irreconciliable que el fin de siglo tiene de la mujer.

 

La mujer frágil

En las pinturas, en las artes decorativas o en la literatura del fin de siglo destaca la presencia de una mujer cuyos rasgos son fácilmente reconocibles: delgada, lánguida, de ted blanca, párpados caídos, mirada perdida, casi desprovista de realidad, aspecto enfermizo y, por supuesto, sumida en una profunda y misteriosa tristeza. Fueron principalmente los prerrafaelistas quienes contribuyeron a popularizar este tipo femenino, siendo el modelo de muchos otros artistas la Beata Beatrix de Dante Gabriel Rossetti. En España, suelen citarse las decenas de bustos esculpidos por Lambert Escaler o las múltiples mujeres de estas características que aparecieron en las portadas de La Ilustración Artística (Litvak, 639. Una variante del tema es la concepción de la mujer como una niña, que proliferó de forma extraordinaria, hasta el punto que la niña virgen se convirtió en una de las figuras más tópicas del fin de siglo. No en vano, Havelock Ellis afirmaba por aquellos años "que las mujeres permanecen más que los hombres, más cercanas al estado infantil" (cit. por Litvak, 193). Las acuarelas de niñas angélicas pintadas por Kate Greenaway se hicieron populares en España, apareciendo frecuentemente en diversas publicaciones modernistas. Como acabamos de ver tampoco la literatura de fin de siglo fue ajena a esta mitología femenina. El culto idealizado de la virginidad puede verse en muchos escritores finiseculares (Proust, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán). Precisamente muchas obras de Valle tratan de la victoria sobre la virginidad de una niña inocente: así la Sonata de primavera, la Sonata de invierno o Flor de Santidad, entre otros cuentos (Litvak, 137).

Como consecuencia de toda esta mitología no era infrecuente la asociación de los atributos de energía y de una salud fuerte con peligrosas actitudes masculinas. La concepción de la mujer madura como un ser infantil se hizo tan popular en la época que llegó a irritar a algunos sectores más aún tal vez que el concepto de la mujer como "objeto sexual" (Litvak, 193). Alrededor de los años cincuenta, la inglesa Sarah Ellis, autora de manuales de buena educación y de etiqueta, y del libro Women of England, comentaría: "Yo no sé si a otros puede afectarles, pero el número de lánguidas, indolentes o inertes jóvenes damas reclinadas sobre sus sofás murmurando y quejándose ante cualquier petición que comporte un esfuerzo personal, es para mí un espectáculo verdaderamente penoso" (cit. por Bornay, 72). También en la literatura de la época podemos observar la presencia de interesantes contrapuntos a esta asociación de la feminidad con la debilidad, la inocencia e incluso la enfermedad. Es el caso de Nora, en Casa de muñecas de Ibsen, tratada como si fuera una niña por Helmer, pero teniendo al mismo tiempo que trabajar a hurtadillas para conseguir dinero (Bornay, 75).

 

La mujer fatal

En la segunda mitad del siglo XIX surge en Europa la concepción de un tipo específico de mujer que hoy reconocemos como la mujer fatal, aunque tal denominación naciera con posterioridad. El artista fin-de-siècle, el creador decadente, representó hasta la saciedad esta imagen de la mujer en sus obras. Al margen de los sentimientos misóginos que pudieron albergar algunos artistas finiseculares -no todos- como consecuencia del temor y alarma ante el avance y progreso del movimiento feminista, otra de las razones aducidas por Erika Bornay para explicar la profusión de esta imagen, tiene que ver con "la búsqueda intelectual de sensualidades y erotismos raros, sofisticados y extravagantes" (Bornay, 125). La aparición del mito de la mujer fatal en el arte de fin de siglo responde a la fascinación que determinados movimientos artísticos, como el esteticismo, decadentismo o el simbolismo, sintieron por lo sofístico, lo morboso y prohibido, en oposición a lo común, lo cotidiano y vulgar. Tales actitudes condujeron al protagonismo de la imagen de la mujer artificial (amante-estéril), en oposición a la mujer natural (esposa-madre).

Señala Bornay otros factores que pudieron contribuir al nacimiento de esta imagen. A partir de los años sesenta del siglo XIX, se produjo una alarmante expansión de la prostitución en los centros urbanos de Europa, que, a su vez, trajo consigo un acentuado temor y obsesión por las enfermedades venéreas, especialmente la sífilis. Este fenómeno social es pronto retratado en la literatura contemporánea (Mary Howitt, W. S. Scott y Dickens, Zola, los Goncourt, Huysmans...) y, seguidamente, en las artes plásticas. Concretamente, los pintores prerrafaelistas, en su primera época, se sintieron atraídos por el tema de la prostitución (Bornay, 240). La prostituta, la mujer caída, símbolo de la perdición, del mal y de la muerte guardará a menudo estrechas concomitancias con el mito de la mujer fatal. No en vano, esta venía a simbolizar una morbosa seducción por el sexo, al tiempo que un obsesivo temor por sus atractivos.

Al igual que la mujer frágil, pura e inocente, de la que ya nos hemos ocupado, la mujer fatal presenta también unos rasgos físicos y psíquicos bien definidos en la iconografía de la época. Se trata de una belleza turbia, contaminada y perversa. El pelo es siempre largo y abundante y, en muchas ocasiones, rojizo. La piel es casi siempre muy blanca y frecuentemente sus ojos son verdes. Pero lo más importante es que su aspecto físico viene a sugerir a quien la contempla todos los vicios y perversiones inimaginables. Psicológicamente, la mujer fatal se caracteriza por su capacidad de dominio, de incitación al mal, su sexualidad lujuriosa y felina, casi animal, lo que no está reñido con su actitud de absoluta frialdad (Bornay, 115).

Las que Bornay bautizó en su trabajo como "las hijas de Lilith" aparecen en la iconografía y la literatura de la segunda mitad del XIX bajo múltiples rostros. Si en un primer momento, principalmente en la década de 1860, suelen mostrarse bajo el disfraz de personajes míticos de la antigüedad pagana, bíblica e histórica (Eva, Lilith, Cleopatra, Mesalina, Lucrecia Borgia, Dalila, Circe..., y, sobre todo, Salomé, la más "refinada asesina"), en los años finiseculares prescindirán con más y más frecuencia del disfraz, para surgir, tanto en la literatura como en las artes plásticas, simplemente como figuras paradigmáticas del mal y del pecado (Bornay, 22). En múltiples ocasiones se atribuyen a la mujer los rasgos de animales terribles, como el vampiro. Precisamente de esta época procede la aún vigente denominación de "vampiresa" para la mujer fatal (Bornay, 285). No en vano, algunos estudios pseudocientíficos, entre los que se encuentra la obra ya citada de Lombroso y Ferrero, habían hablado de los rasgos animales visibles en la fisonomía de la mujer criminal.

Los principales precursores de la imagen visual de la mujer fatídica son Moreau, Rossetti y Burne-Jones. A partir de este momento, será representada hasta la saciedad bajo múltiples máscaras y disfraces por muchos pintores de gran parte de Europa: Jean Delville, Franz von Stuck, Khnopff, Toorop, E. Munch, etc. En la literatura de fin de siglo, las representaciones de la mujer fatal son tanto o más numerosas. Recuérdese a la protagonista de Une Nuit de Cléopâtre (1845), de Théophile Gautier, que hace asesinar por la mañana a los amantes que han pasado la noche con ella; o Salambó (1862), de Gustave Flaubert. Naturalmente, hay que recordar también a Baudelaire, uno de los precursores de esta imagen, y para quien la belleza de la mujer suele tener en general un valor de destrucción. Otro paso importante en la configuración del mito lo dará, en 1873, Barbey D'Aurevilly con Las diabólicas. En Inglaterra, hemos de recordar a Ch. Swinburne y, sobre todo, a Oscar Wilde y su Salomé. En los últimos años del siglo, toda esta iconografía se habrá expandido por el resto de Europa. En Italia, D'Annunzio, que publicó una serie de sonetos sobre las adúlteras, recreará de nuevo el mito en la figura de Hipólita Sanzio (El triunfo de la muerte). En Alemania, el personaje de Lulú, protagonista de los dramas teatrales El espíritu de la tierra (1895) y La caja de Pandora (1902), de F. Wedekind, responde también al tipo de mujer fatal (Bornay, 118-125). Mientras, en España, Ramón del Valle-Inclán, en su obra más temprana creará personajes como Tula Varona, Casta, que se desnuda a solas para contemplar su purísima belleza triunfante, después de desdeñar cruelmente a su amante, o la exótica y bella criolla de Sonata de Estío, la Niña Chole. La identificación entre lo erótico y lo exótico fue muy frecuente en el Modernismo: recuérdense las numerosas mujeres extranjeras, portadoras de lo raro, lo singular, lo voluptuoso, que aparecen en la poesía ("Divagación", "Invernal"...) de Rubén Darío (Litvak, 144). También Manuel Machado se sintió atraído por la feminidad sensual y peligrosa y, al igual que Symons, Leandro Rivera, Carrere, Zamacois o Leonardo Sherif, evocó la danza de los siete velos, que se hizo muy popular en la época (Litvak, 148).

En la última década del siglo, la imagen literaria de la mujer fatal está prácticamente consolidada. Utilizada hasta la saciedad por pintores y literatos, no tardó en vulgarizarse y convertirse en un tópico estereotipado, repetido cliché, vacío del contenido que la había inspirado. En poco tiempo, pasó a servir como mero adorno de los objetos más diversos y cotidianos: jarrones, joyas, objetos de escritorio, candelabros, pipas, paragüeros, abridores, cajas de cigarrillos, navajas, picaportes, etc., fueron decorados con las sinuosas formas y la larga y sensual cabellera de una misteriosa mujer. Tampoco será infrecuente la utilización de la imagen sobre un portal o encima de una columna adosada (Bornay, 381). Pero, más aún que la arquitectura o las artes decorativas, fueron las artes gráficas y la naciente publicidad, que no tardaron en apropiarse de la imagen, quienes contribuyeron de forma esencial a la vulgarización del mito. La imagen de una mujer hermosa y misteriosa se convirtió en un eficaz reclamo publicitario y no era extraño verla anunciando las excelencias de un determinado chocolate, unos cigarrillos, una nueva marca de cacao o una brillantina (Bornay, 383).

Utilizada y explotada por la publicidad, toda esa imaginería de la mujer fatal cayó muy a menudo en lo kitsch y en lo grotesco. Pero la muerte o decadencia del mito fue momentánea, pues en las primeras décadas del siglo la nueva industria del cine, a través de actrices como la mítica Theda Bara, se apropió de su imagen, otorgándole de nuevo el marco y la atmósfera adecuados de los que se había visto privada (Bornay, 390).

En conclusión, en el arte finisecular se hizo un uso extraordinariamente frecuente de la forma concreta de la mujer, a la que se da una dimensión conceptual, con una riqueza de matices, como nunca antes la había tenido en la historia del arte. Comenzábamos este estudio de la mujer finisecular con las reveladoras palabras de Munch: "La mujer es al mismo tiempo una santa, una bruja, un infeliz ser abandonado". Ante todo, la mujer es en el fin de siglo un misterio para el hombre, al que se le dedicaron infinidad de páginas y creaciones artísticas en toda Europa.



 

Bibliografía citada

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SCANLON, Geraldine M. La polémica feminista en la España contemporánea (1868-1974). Madrid: Akal, 1986.

 

Por María Teresa Gómez Trueba
Universidad de Valladolid

 

 

Las Misiones Pedagógicas en Híjar

Una de la preocupaciones de los políticos que llegaron al poder a partir del 14 de abril de 1931, fue el elevar el nivel cultural de la población española. La realidad con la que se encontraron era demoledora. En Híjar la mitad de los hombres, y seis de cada diez entre las mujeres eran analfabetos. Aun siendo ligeramente superior este porcentaje en relación con la media española, siendo España una población eminentemente rural, los datos de Híjar eran perfectamente extrapolables a buena parte de la geografía nacional. Esta realidad debía servir de escarnio y vergüenza para cualquiera que se sintiera español. Para tratar de corregir esta situación lamentable, además de otras medidas, se crearon las Misiones Pedagógicas, por Decreto de 29 de mayo de 1931, firmado por Marcelino Domingo, primer Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de la II República. El objetivo que se proponía el Gobierno con la organización del Patronato de Misiones Pedagógicas era:

"Llevar a las gentes, con preferencia a las que habitan localidades rurales, al aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos de avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y gozos nobles reservados hoy a los centros urbanos(1)".

Las personas que formaban el Patronato y que habían de poner en marcha la iniciativa, fueron designados por Orden de 6 de agosto de 1931, siendo su Presidente Manuel B. Cossío, y vocales del mismo Rodolfo Llopis, Marcelino Pascua, Francisco Barnés, Antonio Machado, Lucio Martínez Gil, Luis Bello, Pedro Salinas, Enrique Rioja, Juan Uña, Oscar Esplá, Angel Llorca, José Ballester, Amparo Cebrian, María Luisa Navarro y Luis A. Santullano, que actuaba de secretario.

La organización de una Misión Pedagógica surgía de la propuesta previa de una zona misionable, por iniciativa de las Inspecciones de 1ª Enseñanza, Consejos Locales o Provinciales, miembros del Patronato o particulares. La propuesta debía ir acompañada de un informe en el que aparecieran: descripción geográfico-económica de la comarca, distribución de la población, comunicaciones, situación cultural y escolar, ambiente social, locales de actuación, hospedajes, fluido eléctrico, etc. Teniendo en cuenta los elementos apuntados, el Patronato decidía la salida de una Misión eligiendo el personal idóneo. La colaboración personal solía ser libre y gratuita, como empresa de espíritu y generosidad y de limpio acercamiento a los humildes.

Para conseguir elevar el nivel cultural de los pueblos y hacer de sus habitantes auténticos ciudadanos, fundamentalmente se sirvieron de distintos medios.

Se decidió crear bibliotecas escolares, tanto para el niño como para el adulto. Las bibliotecas serían públicas y se estableció que toda escuela primaria poseería una. En el Decreto de 7 de agosto de 1931 se indicó que el Ministerio de Instrucción Pública destinaba 100.000 pesetas a la creación de bibliotecas( el sueldo diario de un jornalero era de 5 pesetas). Al cerrar la impresión de la memoria de 1934 el número de bibliotecas creadas por el Patronato sobrepasaba las 5.000. Los libros preferidos por los niños eran de Grimm, Andersen, Swift, Poe, Mayne, Verne y biografías de hombres ilustres. Los adultos se inclinaban por novelas, siendo los autores más solicitados Galdós, Valera, Pérez de Ayala, y entre los clásicos Quevedo, Cervantes, Dickens, Tolstoi, Victor Hugo. Poetas como Bécquer, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.

El funcionamiento de las bibliotecas estaba encomendado a Juan Vicens y a María Moliner.

El servicio de música llevaba, con el Coro de las Misiones integrado por estudiantes, a los lugares que visitaba las canciones y los romances que el mismo pueblo había creado y tenía en el olvido. Se llevaban también obras de grandes compositores Beethoven, Mozart, Bach, Haendel, Schubert, Albéniz, Falla, Turina, así como ejemplos de canto gregoriano y de lírica regional. En 1934 el Patronato tenía repartidos alrededor de 70 gramófonos en las escuelas de distintos pueblos.

El cinematógrafo y las proyecciones fijas eran " los auxiliares más poderosos de la actuación misionera en los pueblos", aunque había escasez de películas orientadas al conocimiento de España. Esto hizo que el Patronato llegase a realizar 15 documentales. Películas de que disponían en 1934 eran 411, de las que 22 eran sonoras. Los temas variaban desde los agrícolas, geográficos, ciencias naturales, de humor y dibujos animados.

El Coro y el Teatro del Pueblo era otro de los servicios culturales y estaba dirigido por Alejandro Casona y Eduardo M. Torner. Iban en él estudiantes de Escuelas y Facultades que en domingo y durante las vacaciones recorrían los pueblos. Llevaban obras de Lope de Rueda, Juan de la Encina, Cervantes, Calderón, etc.

El Museo Circulante disponía de 2 colecciones, la primera integrada por 14 copias de cuadros existentes en el Prado: Berruguete, Sánchez Coello, El Greco, Ribera, Velázquez, Murillo, Goya, etc. Junto a las copias se exponían reproducciones de algunos grabados de Goya. En la segunda colección también aparecían reproducciones de grabados de Goya, junto con copias de cuadros existentes en el Prado, Academia de San Fernando y Museo Cerralbo. El Museo llevaba como elementos supletorios gramófonos y altavoces para con la música hacer más atractiva la exposición, y a veces se decoraba de forma sencilla con plantas y cacharros. Obsequiaban en ocasiones reproducciones de los cuadros y dejaban algunas enmarcadas para decorar las escuelas, Ayuntamientos y Centros Obreros.

Al frente del Museo estuvieron, Rafael Dieste, Luis Cernuda, Antonio Sánchez Barbudo y Ramón Gaya.(Los dos últimos estuvieron en Híjar en el verano de 1934).

El Patronato de las Misiones tenía un presupuesto reducido, adscrito al del Ministerio de Instrucción Pública, siendo el tema de las Misiones motivo polémico entre las distintas fuerzas políticas en las discusiones presupuestarias.

Las asignaciones en los distintos presupuestos para las Misiones fueron los siguientes:

  • 1931.......... 350.000 pesetas.
  • 1932.......... 625.000 pesetas.
  • 1933.......... 800.000 pesetas.
  • 1934 ......... 700.000 pesetas.

Se puede observar en estas cifras un aumento progresivo de las cantidades destinadas durante el bienio azañista, produciéndose en 1934 un descenso con respecto al año precedente, llegando a reducirse drásticamente en 1935.

En el primer proyecto de presupuesto de 1934 enviado a la Cámara, siendo ministro de I. P. Pareja Yébenes, se consignaban para las Misiones 400.000 pesetas, cantidad que, siendo ministro de I. P. Villalobos, intentó elevar a 800.000. Los votos particulares iban desde un maestro de F. E. T. E, que pedía se mantuviese la consignación del año anterior y acabó diciendo:

" He deseado tan sólo llamar a la reflexión a los señores diputados para que se den cuenta de que las mencionadas 800.000 pesetas no deberían despertar en nosotros más preocupación que ésta: la de triplicarlas en el próximo presupuesto(2)"

 

 

Un tradicionalista, pedía la supresión, argumentando:

"Yo soy de los que no acaban de comprender la utilidad de las Misiones, tanto por su organización como por la forma en que han sido llevadas a la práctica(3)."

. Apuntaba el diputado tradicionalista dos aspectos negativos: uno, la falta de imparcialidad en la elección de las personas que actuaban de misioneros, y otro, que se refería a los contenidos.

Entre estas dos posiciones, la de Alonso Zapata y la Lamenié de Clairac, surgió una tercera posición defendida por el independiente Manuel Pedregal, a la que se sumaron otros diputados que permitió un presupuesto de 700.000 pesetas.

En este debate parlamentario hubo una brillante intervención sobre el tema:

" La obra de las Misiones Pedagógicas ha suscitado, sin que sepamos por qué, una odiosidad singular; despego en algunos, odio manifiesto en otros. Las M. P. curiosamente han despertado aquí esta sensación de enojo cuando en los medios culturales internacionales, por el contrario, han suscitado un movimiento admirativo ", y eso tanto en la Oficina Internacional de Educación de Ginebra, como en La Sorbona(4)."

Si en el primer presupuesto aprobado por las derechas, el de 1934, pese a la actitud de los tradicionalistas, salió adelante la asignación consignada, en el segundo presupuesto, aprobado por el bienio radical-cedista de 1935, la asignación disminuyó. En un artículo titulado " Los Dinamiteros de la Cultura ", alguien dijo:

" Porque sépamos bien que tan criminal e insensato como hacer añicos la biblioteca de Oviedo o los tesoros de su Catedral, es el intento de aniquilar las Misiones Pedagógicas. Sin embargo, esta acción se podía hacer con apariencias de legalidad, impunemente sin que se formen consejos de guerra(5) ".

Una iniciativa como las M. P. tenía que fracasar previsiblemente dadas las estructuras agrarias de España, pero su hundimiento no llegó, pese a sus insuficiencias, por ahí; sino por la actividad intransigente de la derecha ante iniciativas culturales no surgidas en su propio campo político(6).

Hecha esta introducción, me voy a fijar en algunas de estas iniciativas, que llegaron a Híjar en el año 1934. Me he servido de fuentes hemerográficas o documentales, en este último caso, del Libro de Actas Municipales del Ayuntamiento de Híjar.

En varios Plenos del Ayuntamiento trataron el asunto de la Biblioteca. Su actuación, era de derechas, nos sirve para conocer su escaso interés por el mundo de la cultura.

En octubre de 1933, decidieron dar las gracias, por el interés mostrado en instalar una Biblioteca municipal en Híjar, al Ministro de Marina, D. Vicente Iranzo Enguita, de Cella, médico y dirigente turolense del disuelto "Grupo al Servicio de la República". No obstante el Ayuntamiento decidió, tenían otras preferencias, no instalar la Biblioteca por cuestiones económicas(7). Esta actuación se justifica por sí misma. Parece lógico pensar que ninguna institución municipal pueda rechazar una donación de una biblioteca para su municipio. El Ayuntamiento de Híjar de octubre de 1933 lo hizo. Esto parece incomprensible, a no ser que sus miembros fueran auténticos cenutrios.

En octubre de 1933, unos días después, decidieron la instalación de la Biblioteca, desconozco las razones de este súbito cambio, conforme al Decreto de 13 de junio de 1932 del Ministerio de Instrucción Pública(8).

En noviembre de 1933, se leyó la comunicación de la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros, referente a ciertos requisitos precisos para la concesión solicitada(9).

En diciembre de 1933, por la prensa sabemos que se iba a entregar por parte del Patronato de Misiones Pedagógicas, organismo dependiente del Ministerio de Instrucción Pública una Biblioteca Escolar a las Escuelas Graduadas de Híjar(10).

En diciembre de 1933, dieron las gracias a la Junta de Intercambio y Adquisición de Libros para la creación de la Biblioteca Municipal y decidieron, entre las bases de utilización de dicho servicio presentadas por Félix Téllez García, Secretario del Ayuntamiento, establecer 5 pesetas de depósito a los lectores para responder de los daños, que puedan ocasionar en los libros, que se les concedan para la lectura(11). Esta medida parece surrealista. En Híjar en estas fechas el jornal medio de un bracero era de 5,50 pesetas. Parece evidente que lo que pretendía el Ayuntamiento no era el fomento de la lectura. Parece deducirse de la medida anterior que el Secretario estaba muy preocupado por el mantenimiento del buen estado de los libros; quizás, pensaba que sus conciudadanos se los iban a comer.

En febrero de 1934, decidieron inaugurar la Biblioteca el 4 de marzo, con la Banda Municipal, que iba a durar poco, e invitar a las autoridades a dicho acto y aceptar en justa reciprocidad la invitación escolar de La Puebla de Híjar(12). Merece la pena contar cómo lo relata la prensa la inauguración:

" El pueblo de Híjar, atento siempre a los problemas culturales, ha dado una prueba elocuente de ello, inaugurando el día 4 del actual una biblioteca popular y otra escolar, establecidas en las Escuelas Graduadas de niños.

Al acto concurrieron, además de los maestros, el Ayuntamiento en pleno, el Consejo Local de 1ª Enseñanza, el juez de Instrucción, el teniente de la Guardia Civil, el cura párroco, varios jóvenes maestros, hijos de la localidad, representando a la pedagogía moderna; y otras distinguidas personalidades.

La banda de música, hábilmente dirigida por Don Tomás Aragüés, contribuyó a realzar la fiesta, interpretando escogidas composiciones.

Después de admirar el gran número de libros perfectamente ordenados y colocados en un hermoso armario construido a propósito por el Ayuntamiento, Don Leoncio Fernández, bibliotecario y director de las Escuelas Graduadas, leyó los reglamentos redactados para el funcionamiento de ambas bibliotecas y a continuación pronunció un discurso en el que en sentidas y patrióticas frases expresó la necesidad de estas instituciones, para, con el estudio, contribuir al engrandecimiento y prosperidad de los pueblos y considerando la influencia que la mujer ejerce en el hogar, recomendó la conveniencia de que ésta participe también de sus beneficios. Fue muy aplaudido.

Seguidamente se repartieron libros y caramelos a los niños y los invitados fueron obsequiados con un espléndido lunch.

Como los libros que constituyen la biblioteca popular fueron regalados al Ayuntamiento por la Junta de Intercambio y los de la escolar fueron concedidos por el Patronato de Misiones Pedagógicas a petición de don Leoncio Fernández; Híjar, reconociendo y estimando en todo su valor las mencionadas donaciones, queda sumamente agradecida a ambas entidades y promete que sus libros serán tratados con gran cariño y consideración(13). "

Otro tema que sirve para conocer las inquietudes culturales de nuestro Ayuntamiento fue la supresión de la Banda Municipal de Música. Tomaron la decisión de suprimirla en abril de 1934, visto el nuevo Reglamento del Cuerpo de Directores de Bandas de Música, teniendo en cuenta las disponibilidades económicas del Municipio(14). Hay que señalar además la desconsideración, que tuvieron con Tomás Aragüés, el Director, que ya llevaba varios años realizando una labor muy encomiable.

En julio de 1926 por la prensa conocemos que se iba a organizar la Banda Municipal de Música y para ello se iba a abrir un concurso para proveer el cargo de Director, que fuera a la vez organista y con algunas clases pudiera vivir con dignidad(15).

En abril de 1929, el mismo periódico nos cuenta que Tomás Aragüés dio un extraordinario concierto el domingo, a las 4 de la tarde, con un repertorio totalmente nuevo y acabó con un vals original suyo, que fue largamente aplaudido. Las alabanzas al profesor Aragüés fueron unánimes, al haber conseguido que los componentes de la Banda Municipal, en poco más de un año, sin saber nada de pentagramas, tocasen con gran gusto y afinación, como auténticos profesionales(16). A pesar de ello el Ayuntamiento fue implacable con D. Tomás Aragüés.

En junio de 1934 se examinó una instancia presentada por D. Tomás Aragüés, en la que solicitaba le fuera reconocida la situación de excedente forzoso del cargo de Director de la Banda Música, con derecho al disfrute de los dos tercios del sueldo, que le correspondía con arreglo al artículo 7º del Reglamento de 3 de abril último. La Corporación Municipal, vista la Ley de 23 de diciembre de 1932 y el Reglamento de 3 de abril último, acordó por unanimidad contestarle que no afectando a este Ayuntamiento ni la Ley ni el Reglamento, ya mencionados, con arreglo a lo preceptuado en el artículo 1º de los mismos, puesto que la Corporación Municipal no sostenía de su presupuesto Banda de Música alguna, no podía reconocérsele la situación de excedencia que solicita(17).

En agosto de 1934, acordaron que el personal subalterno del Ayuntamiento estuviese preparado el día 11 del actual, para la descarga del Museo de las Misiones Pedagógicas y habilitar para ello el local de las Escuelas de los niños(18).

Conocemos por prensa que en agosto de 1934 y durante los días 12 al 16, en uno de los locales de las Escuelas de los niños, pronunciaron amenas e instructivas conferencias los funcionarios del Patronato de Misiones Pedagógicas, Antonio Sánchez Barbudo y Ramón Gaya.

Llevaban una colección de copias de cuadros del Museo del Prado y con una máquina cinematográfica los proyectaron en un telón, dando una explicación de cada cuadro y una pequeña biografía del autor, todo en un lenguaje sencillo y agradable, comprensible aún para los menos versados en el arte pictórico.

El público escuchó con verdadera atención, comentando favorablemente el objeto de estas Misiones Pedagógicas(19).

Vistas las actuaciones de las Misiones Pedagógicas en Híjar, merece la pena destacar que con 24 años de edad, llegaron al frente del Museo en el verano de 1934, 2 personajes de una categoría intelectual y humana impresionante. Son los citados Antonio Sánchez Barbudo y Ramón Gaya; el primero, un extraordinario profesor y crítico literario, con una gran cantidad de obras escritas sobre Antonio Machado, Unamuno, Espronceda; el segundo, un extraordinario pintor, que ha dado nombre a un Museo en su ciudad natal de Murcia. Los dos tuvieron que exiliarse, como otros muchos, al acabar la Guerra Incivil, propiciada por el Funeralísimo. ¡Qué riqueza intelectual se perdió para siempre, como consecuencia del inevitable exilio¡ Que estuvieran en Híjar estos dos personajes puede considerarse todo un lujo.

Como colofón a lo escrito previamente y captar el auténtico espíritu que impregnaba a las Misiones Pedagógicas, sirven muy bien las palabras escritas por Ramón Gaya:

"Así, con el tiempo encontramos que lo mejor era abrir el Museo por la mañana, para que pudiera ir quien quisiera, y por la tarde anunciar unas charlas (dos charlas en realidad), que dábamos dos personas y dividíamos en tres o cuatro tardes. Se hacían bastante tarde, antes de cenar, porque en los pueblos a los que íbamos, la gente—la gente que le interesaba a Cossío—estaba en el campo y no podía venir antes. Así, teníamos un público atento, que después se convencía de que no íbamos a pedirles nada.

Dejábamos allí una biblioteca de cien libros, escogida también por Cossío y por los demás de las Misiones, un gramófono y una serie de discos, éstos escogidos por Torner. Solía haber una audición de música clásica de la mejor y de canciones populares que Torner precisamente había recogido por los pueblos. Después de los discos, que ellos mismos habían grabado, pasaban a escuchar canciones del Renacimiento italiano, por ejemplo, encontrando así la coherencia entre ambos.

Y nosotros hacíamos dos charlas diariamente, repartiéndonos el trabajo. Primero Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste o Cernuda hacían un comentario de la época en que estaban pintados tales o cuales cuadros, que se comentaban es día. Después yo hablaba de esos dos o tres cuadros como pintura. Intentaba decirles algo sobre lo que estaba ahí plasmado, pero siempre sin darles lecciones de nada, como nos había pedido Cossío. Porque Cossío resumió todo, diciéndonos: "He tenido muchos enemigos en este proyecto y no querría que se desvirtuara mi idea de llevar estos tesoros que tenemos, que los españoles tenemos. Quiero enseñárselos a las gentes que no los han visto nunca, porque también son suyos, pero en absoluto quiero darles ninguna lección, sólo quiero que sepan que existen y que, aunque están encerrados en el Prado, son también suyos. Eso es lo que quiero". A mí esto me dejo con la boca abierta, porque desde luego es de una honradez y de una limpieza... Vi que era un verdadero señor 20."

Cándido Marquesán Millán

1 Decreto de creación de las Misiones Pedagógicas, 29 de mayo de 1931.
2 Alonso Zapata, diputado socialista, junio de 1934.
3 Lamenié de Clairac, diputado tradicionalista, junio 1934.
4 Fernando de los Ríos, ex ministro socialista, junio de 1934.
5 El Sol, artículo de Americo Castro, 30 de junio de 1935.
6 La contextualización de todo lo relacionado con las Misiones Pedagógicas, me he basado en la obra La enseñanza en la II República, Pérez Galán, Mariano.
7 Libro de Actas Municipales de Híjar, 2 de octubre de 1933.
8 Libro de Actas Municipales de Híjar, 23 de octubre de 1933.
9 Libro de Actas Municipales de Híjar, 27 de noviembre de 1933.
10 Heraldo de Aragón, 24 de diciembre de 1933.
11 Libro de Actas Municipales de Híjar, 26 de diciembre de 1933.
12 Libro de Actas Municipales de Híjar, 24 de febrero de 1934.
13 Heraldo de Aragón, 6 de marzo de 1934.
14 Libro de Actas Municipales de Híjar, 23 de abril de 1934.
15 La Voz de Aragón, 22 de julio de 1926.
16 La Voz de Aragón, 13 de abril de 1929.
17 Libro de Actas Municipales de Híjar, 4 de junio de 1934.
18 Libro de Actas Municipales de Híjar, 6 de agosto de 1934.
19 La Voz de Aragón, 23 de agosto de 1934.
20 Mi experiencia en las Misiones Pedagógicas (1931-1936) con el Museo del Prado de viaje por España. Conferencia de Ramón Gaya impartida en la Residencia de Estudiantes el 24 de abril de 1991.En el catálogo de la exposición, celebrada en Murcia y Madrid en 2003, y organizada por la Comunidad Autónoma de Murcia y la Residencia de Estudiantes, bajo el título Val de Omar y las Misiones Pedagógicas, 2003, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid.

La Junta para Ampliación de Estudios

 

 

Entre los frutos que nos ha legado la Institución Libre de Enseñanza, el más fecundo, el que más repercusión tuvo en la formación de la intelectualidad española del primer tercio del siglo XX, fue la creación de La Junta para Ampliación de Estudios. Inspirada por Giner de los Ríos, se trata de un organismo oficial de carácter nacional. Se crea mediante decreto del 11 de enero de 1907. Su presidente fue Ramón y Cajal (1907-1934) y como Secretario General ejerció José Castillejo, discípulo igualmente de Giner de los Ríos. Carmen de Zulueta explica del siguiente modo los orígenes y objetivos inspirados en la labor de la Institución Libre de Enseñanza y en el pensamiento de Francisco Giner de los Ríos:

“El año anterior, 1906, ha sido un año de gran actividad para los discípulos de Giner. Se hicieron planes, se estudiaron programas extranjeros y se buscó la manera de que este nuevo centro que se planeaba no produjera reacciones políticas. Luis de Zulueta, uno de estos discípulos, escribe a Unamuno el 16 de septiembre de ese año, pidiéndole información sobre la Fundación Calatrava, obra del P. Cámara en Salamanca. Tal fundación mandaba clérigos al extranjero –a Lovaina y a Bolonia principalmente-- para ponerlos a un nivel europeo en las luchas de la Iglesia contra el movimiento modernista. Los institucionistas quieren que haya un antecedente religioso para la fundación de la Junta para Ampliación de Estudios.

El 11 de enero de 1907, aparece el Real Decreto, firmado por el ministro de Instrucción Pública, Amalio Jimeno, que crea la Junta para Ampliación de Estudios e Investigación Científicas. El objetivo básico era poner a España al nivel europeo. Para ello se proponían dos cosas:

  • a)      “Provocar una corriente de comunicación científica y pedagógica con el extranjero”.
  • b)      “Agrupar en núcleos de trabajo intenso y desinteresado los elementos disponibles del país”.

Desde el primer momento fue secretario Castillejo. El primer presidente fue Santiago Ramón y Cajal y los vicepresidentes Azcárate y Torres Quevedo. La labor de la Junta era poner a España en un nivel cultural comparable al de otros países europeos; en otras palabras, transformar la educación española en todos sus aspectos. La reforma de la educación requiere empezar por lo más alto, ya que no se puede mejorar la educación primaria sin mejorar la de los maestros, es decir, como si se empezara a construir una casa por el tejado. Así la primera función de la Junta fue crear el Patronato de Pensiones para preparar a esos futuros profesores. Su propósito era enviar al extranjero a jóvenes españoles, quienes, a su retorno a España, podrían empezar a formar grupos de investigadores que, una vez preparados, asumirían puestos docentes en institutos, normales y universidades. De esta manera la preparación del pequeño grupo de pensionados se iría filtrando hasta llegar al nivel de la escuela primaria o de la de párvulos.

A pesar de la extraordinaria habilidad con que la junta se había formado y a pesar de que Giner, alma inspiradora, no figuraba en ella y que Castillejo se mantenía en un segundo plano como secretario, la Junta tuvo sus dificultades con los cambios de gobierno” (Zulueta 273-275).

 

La “extraordinaria habilidad” que menciona Zulueta es también testimonio de la repercusión de la Institución Libre de Enseñanza y fruto de los esfuerzos de Giner de los Ríos. Me refiero a los vocales de la Junta, que constituían lo más selecto de la inteligencia española de su época, a la vez que era un grupo pluralista: Marcelino Menéndez Pelayo, Gumersindo Azcárate, Ramón Menéndez Pidal, José Echegaray, Joaquín Costa, Joaquín Sorolla, entre otros.

La Junta buscaba una reforma del sistema educacional español anquilosado en formas viejas y dominado por la iglesia católica y, a la vez, europeizar a España en el sentido de abrir España a las nuevas corrientes de pensamiento y ciencia. De ahí el programa de enviar pensionados a estudiar en los centros más prestigiosos europeos y de crear en España centros que luego permitieran la acogida de dichos pensionados. Así, en 1910, se crean: el Centro de Estudios Históricos, dirigido por Ramón Menéndez Pidal (pertenecieron a este centro nombres destacados como Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Eduardo de Hinojosa, entre otros); el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, dirigido por Ramón y Cajal (que alojará luego el Instituto Cajal y el Instituto de Física y Química); También se crea La Residencia de Estudiantes, cuyo director fue Alberto Jiménez Fraud. Con posterioridad se crean otras instituciones que van proyectando la repercusión de la Junta, así la Residencia de Estudiantas, dirigida por María de Maeztu o el Instituto-Escuela.

 

Referencia

[Carmen de Zulueta. “Mi Institución. Recuerdo e historia”. Juan López Álvarez, editor. La Institución Libre de Enseñanza: su influencia en la cultura española. Cádiz: Universidad de Cádiz, 1998. Págs. 259-280.]

 

El Instituto-Escuela

ELVIRA ONTAÑÓN 23/04/2007  El País

En el Centenario de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) que se conmemora este año 2007, parece oportuno recordar la última de sus creaciones: el Instituto-Escuela (IE), en general mal conocido. Los esfuerzos de la Junta se habían centrado en el mundo de la enseñanza y la investigación desde primer momento. Faltaba dedicar atención a las primeras etapas de la enseñanza para impulsar la reforma de la Educación en España. Se escogió para lograrlo el modelo educativo que la Institución Libre de Enseñanza desarrollaba desde casi cuarenta años atrás.

El Instituto-Escuela nació el 10 de mayo de 1918 como impulsor de la reforma de la enseñanza pública, y también se concibió como centro de formación del profesorado, pues los autores del proyecto conocían la necesidad de unos docentes adecuados al nuevo sistema.

La fundación del Instituto-Escuela tuvo lugar en un momento histórico difícil, durante el primer gobierno de "concentración nacional". La guerra de 1914 no había terminado y el mundo estaba conmocionado por la Revolución de Octubre en Rusia. Todo ello afectaba a España a pesar de su neutralidad y especialmente a la JAE, ya que la situación dificultaba las becas e intercambios con el extranjero. Con todo, el proyecto del Instituto-Escuela siguió adelante. El objetivo reflejado en el Decreto de Fundación era iniciar la reforma educativa en España dentro de los cauces oficiales pero con cierta autonomía. Para ello lo primero fue la selección y formación del profesorado. Se incorporó la figura de "aspirante al magisterio secundario" y se lograron excelentes profesores, que desarrollaron su vida profesional en el IE. Algunos de ellos son M. Terán, Carmen y Mª Rosa Castilla, M. Catalán, Mª Sánchez Arbós, A. León y muchos otros. Andando el tiempo numerosos antiguos alumnos del Instituto-Escuela fueron los nuevos profesores aspirantes; se puede citar a Rosa Bernis, C. Castro, Ángeles Gasset o Adela Barnés.

Cada año se redactaba una Memoria y a los cuatro años se emitió un informe con los resultados obtenidos. En el Decreto de Fundación se especificaba que al ingreso de la primera promoción en la Universidad, se determinaría la validez de la experiencia y si resultaba positiva, se elevaría una propuesta al Consejo de Instrucción Pública para llevarla a otras escuelas públicas y a otras ciudades. El resultado del proyecto fue satisfactorio y el IE se multiplicó: Barcelona, Valencia, Sevilla a partir de 1932. Es sorprendente leer a un conocido autor que probablemente simpatiza con la idea de una educación para todos abierta y progresista y a pesar de lo cual afirma que el Instituto-Escuela "nació con la República y murió con ella". Sí murió con ella, como tantos otros proyectos o ilusiones, pero había nacido mucho antes, y no era un juego utópico destinado al fracaso sino un proyecto sólido que implicó a destacadas personalidades y que podía haber llegado a todas las escuelas, como de hecho se logró parcialmente en los breves años de la República.

El informe que en 1925 emite el Instituto-Escuela es todo menos triunfalista, a pesar del éxito de los alumnos en la Universidad; en él se señalan defectos a corregir y dificultades añadidas, en alusión a la etapa de la dictadura de Primo de Rivera, con sus recortes en los presupuestos.

A petición del Instituto-Escuela se creó un Patronato del que formado por Menéndez Pidal, Ortega, Calandre, María Goyri, B.Cabrera, Álvarez Ude... y este interés por la educación de los mejores intelectuales y científicos de España fue otro factor que hizo más sólida la experiencia. A pesar de la calidad de sus miembros el Patronato consideró necesario un Consejo Asesor, formado por Américo Castro, Pedro Salinas, Enrique Moles, Cándido Bolívar y Xavier Zubiri. No hace falta comentar nada.

Del Instituto-Escuela partieron publicaciones realizadas desde el Centro de Estudios Históricos: la Biblioteca Literaria del Estudiante formada por treinta volúmenes con una escogida selección de la literatura castellana para estudiantes jóvenes y adolescentes, que podían encontrar desde textos medievales a autores contemporáneos. También se publicó un manual de Física y Química de M. Catalán y A. León, que aún hoy es una buena guía metodológica. La madurez del Instituto-Escuela llegó en los años treinta: una precisa reorganización, ampliación de actividades extraescolares; colonias de vacaciones, viajes e intercambios en el extranjero; un modelo educativo nuevo en la Sección de párvulos, una biblioteca circulante para Bachillerato. En Madrid el Instituto-Escuela llegó a tener 1600 alumnos que asombraron a las autoridades con la representación de "La pájara pinta" de Alberti en el Campo del Moro. En su organización interna, el claustro de profesores y la Junta Económica fueron asumiendo responsabilidades en la dirección del Centro.

Los años de madurez del Instituto-Escuela quedaron reflejados en los edificios de Hipódromo construidos a partir de 1931 en la zona de la "Colina de los Chopos" y en la actualidad desaparecidos o deformados. La colaboración entre educadores y arquitectos dio excelentes resultados y los autores de los edificios Arniches y Domínguez supieron armonizar la calidad arquitectónica y las necesidades pedagógicas.

La última creación de la JAE que fue el Instituto-Escuela constituye un modelo pedagógico digno de ser tenido en cuenta, ya que sus principios y orientaciones conservan la vigencia que tuvieron en su momento y muchos de los procedimientos que utilizó se han incorporado con naturalidad a la escuela actual. Esto no es una afirmación sentimental o gratuita. Esta vigencia del sistema utilizado en el Instituto-Escuela se comprueba cada día en un colegio que es su prolongación, con los cambios que la evolución de la historia exige. Es el colegio "Estudio", que con casi setenta años de vida continúa educando a sus alumnos sin libros de texto (con muchos de lectura y consulta), sin presiones ni amenazas en un clima de respeto y solidaridad, que no les impide desenvolverse con soltura en esa "sociedad compleja, inestable, peligrosa y dura" a la que alude el autor antes mencionado. La Institución Libre de Enseñanza como origen de esta línea educativa adoptada hoy por muchos otros colegios, continúa vigente en la educación española.

Elvira Ontañón es miembro de la Fundación Estudio y de la Fundación Francisco Giner de los Ríos.

 

 

 

Comentario de Texto.

 

Tratado de paz entre España y Estados Unidos (1898). Paz de París.

 

Art. 1.° España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. En atención a que dicha isla, cuando sea evacuada por España, va a ser ocupada por los Estados Unidos, éstos, mientras dure su ocupación, tomarán sobre sí y cumplirán las obligaciones que, por el hecho de ocuparla, les impone el derecho internacional para la protección de vidas y haciendas.

Art. 2.° España cede a los Estados Unidos la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones.

Art. 3.° España cede a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las Islas Filipinas [...].Los Estados Unidos pagarán a España la suma de veinte millones de dólares (20.000.000)dentro de los tres meses después del canje de ratificaciones del presente Tratado.

Art. 6.° España, al ser firmado el presente tratado, pondrá en libertad a todos los prisioneros de guerra y a todos los detenidos o presos por delitos políticos a consecuencia de las insurrecciones en Cuba y en Filipinas, y de la guerra con los Estados Unidos. Recíprocamente, los Estados Unidos pondrán en libertad a todos los prisioneros de guerra hechos por las fuerzas americanas, y gestionarán la libertad de todos los prisioneros españoles en poder de los insurrectos de Cuba y Filipinas [...].

 

M.ª Victoria López-Cordón y José Urbano Martínez, Análisis y comentarios de textos históricos.II. Edad Moderna y Contemporánea, Madrid, Alhambra, 1978, pp. 305-306.

Comentario: La insurrección cubana y sus factores así como las consecuencias de la pérdida de las colonias.

 

1. Tipo de Fuente. Naturaleza del texto. Fecha e identidad del autor. Destinatario.

 

 Es una fuente primaria, ya que es un fragmento del Tratado de paz entre España y Estados Unidos, escrito en diciembre de 1898.

 Es un texto histórico, articulado y de naturaleza política y jurídica, al ser un tratado internacional. Su temática se relaciona con la Historia de las relaciones internacionales, y su autor es colectivo, se suponen que son los representantes plenipotenciarios de las dos naciones para poder poner fin, tras la capitulación española meses atrás, a la guerra hispano-norteamericana en un territorio neutral, en este caso la capital francesa, de allí su denominación de Paz de París. Su destinatario son las dos naciones aludidas y los territorios incluidos en el Tratado, así como el resto de naciones soberanas del mundo, de allí su carácter público.

 

2. Contexto histórico

 

El contexto histórico es el  de la Guerra Hispano-norteamericana de 1898 pero, debemos  hacer referencia al proceso de independencia cubana, por una parte, y, por otra, al fenómeno del imperialismo que se produce en el seno de las potencias industrializadas de Occidente – con repercusiones sobre todo el mundo- a finales del siglo XIX. La Guerra Hispano-Estadounidense se desató en 1898, durante la infancia del rey Alfonso XIII, cuando ejercía la regencia la reina María Cristina de Habsburgo, viuda del rey Alfonso XII. Aunque la voladura del acorazado Maine en la bahía de la Habana en febrero de ese mismo año fue la causa más directa del inicio del conflicto, hemos de ir un poco más atrás para entender esta guerra y, en especial, la postura de sus tres (no dos) contendientes:

- Tras la pérdida de la mayor parte de las colonias americanas en 1824, Cuba,

Puerto Rico y Filipinas se convirtieron en las últimas joyas del imperio colonial

español y su permanencia dentro de él, una cuestión de honor. La política exterior de recogimiento de la época de la Restauración, que admitía la posición secundaria de España en la política internacional, no le impedía a España hacer en dicho contexto una referencia constante a su pasado glorioso y a la necesidad de reconocer sus derechos coloniales basándose en dicho pasado. De hecho, los 200.000 soldados enviados a Cuba para frenar el levantamiento independentista fue el mayor esfuerzo militar jamás llevado a cabo por una potencia colonial en América.

- La burguesía criolla, con el apoyo del resto de la población cubana, demandaba más autonomía respecto de la metrópoli, si no directamente la independencia. Esto se comprobó tanto en la Guerra larga o de los Diez años (1868-1878), finalizada con los acuerdos de Zanjón, como en la Guerra Chiquita (1879) que, a pesar de la derrota cubana, reforzó aún más su postura independentista. En Filipinas también nacía un incipiente movimiento independentista.

- Frente a la visión española de las relaciones internacionales centrada en su pasado imperial y sus derechos por ello, las nuevas potencias imperialistas (Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos) veían la situación de otra manera. El Premier británico Lord Salisbury defendía, tres días después de la derrota naval española en Cavite (Filipinas) que “podemos dividir las naciones del mundo grosso modo en vivas y moribundas”. Estados Unidos estaba sin duda entre las primeras, y fijaba su política expansionista (el llamado “Destino Manifiesto”) no sólo en todo el territorio norteamericano entre el Atlántico y el Pacífico, sino también, a partir de 1890, hacia el Caribe (su “patio trasero”, y con fuertes intereses económicos en la zona) y, en menor medida, el Pacífico. El conflicto con la Vieja España era evidente.

La gran insurrección comienza con el “grito de Baire” en 1895, con apoyo de la población negra y mulata y liderada por José Martí y Antonio Maceo, entre otros. Filipinas comienza la insurrección en 1896, abriendo un nuevo frente para España (Rizal, su líder, es fusilado por las autoridades españolas). Tras una primera etapa de conjugar guerra y negociaciones, llega a Cuba el general Weyler, partidario de una política de fuerte represión, intentando aislar a las guerrillas independentistas (mambises) de sus apoyos rurales. Pero la movilidad de las guerrillas y las enfermedades tropicales diezmaron al ejército español. Además, la dura política de Weyler contra la población cubana (recluida en campos de concentración) fue un escándalo azuzado por la prensa amarilla norteamericana.

Tras la explosión en el Maine y unas infructuosas investigaciones, los norteamericanos acusaron a España del hundimiento y lanzaron un ultimátum a las autoridades españolas que, tras rechazarlo, declararon la guerra a los EE.UU. (abril de 1898) en medio de la enfervorecida opinión pública española, muy mal informada de la realidad. En julio, la superioridad tecnológica de la flota norteamericana queda en evidencia con su gran victoria naval frente a Santiago. Las tropas norteamericanas, con el apoyo de los mambises independentistas, desembarcan y cercan Santiago, que capitula poco después. Se ocupa Puerto Rico y se inician los acuerdos de paz en agosto, coincidiendo con la derrota naval española en Cavite (Filipinas) y la capitulación de Manila. La firma de Paz de Paris, como hemos visto, se pospone hasta el 10 de diciembre, pero desde el final del verano ya estaban llegando a España los soldados repatriados, una impresión penosa que se convirtió en la imagen más cercana y visible de la derrota. Por cierto, en este Tratado de Paz no intervinieron ningún representante cubano, filipino o de Puerto Rico.

 

3. Ideas principales

 

Los cuatro artículos que reproduce el texto expresan las principales condiciones del tratado de paz entre España y los Estados Unidos:

 

- En el primer artículo España renuncia a su soberanía sobre la isla de Cuba,

Evacua a sus tropas y autoridades coloniales, y cede, se supone que temporalmente, y en condición de protectorado, dicho territorio insular a los Estados Unidos de América.

- En el segundo artículo se acuerdan la cesión por parte de España Puerto Rico, y la isla de Guam a los Estados Unidos.

- En el tercer artículo España vende por valor de veinte millones de dólares el

archipiélago filipino a la potencia norteamericana.

- El sexto artículo, finalmente, hace referencia a la libertad de soldados prisioneros, pero no sólo de las dos potencias enfrentadas en la guerra, sino que también se incluye aquí a las fuerzas y políticos independentistas cubanos y filipinos.

 

4. Trascendencia y repercusión del texto.

 

La primera conclusión del documento es evidente: la pérdida del imperio colonial español en manos norteamericanas, a lo que hay que añadir la venta a Alemania en 1899 de las restantes posesiones españolas en Asia (islas Marianas, Carolinas y Palaos), incapaces de ser defendidas debido a su lejanía y la destrucción de buena parte de la flota española.

En segundo lugar, las consecuencias sobre la metrópoli, que fueron especialmente de índole psicológica y moral. La derrota sumió a la sociedad y a la clase intelectual y política española en un grave desconcierto, y es en este momento cuando aparece la imagen de la España atrasada y la necesidad de una modernización del país (regeneracionismo), con influencias en la política e incluso en la literatura (generación del 98). Fue un mazazo fortísimo para la sociedad española, que le sirvió para reaccionar. Si alguien no se había dado cuenta todavía que España se había convertido en una potencia de segundo orden, aquí tuvo que enterarse. Esta circunstancia sirvió para que se produjera todo el movimiento regeneracionista, al considerar que España era como un cuerpo sin pulso. Puede servir el artículo de Silvela “España sin pulso”. Por ende, había que regenerarlo. Uno de ellos podría ser Joaquín Costa, con la frase “Escuela y despensa y siete llaves al sepulcro del Cid.

El gobierno de la Cuba en armas no fue reconocido por los EE.UU. Finalmente, EE.UU. reconoció la independencia de Cuba en 1902 pero con la condición de poder intervenir en ella (enmienda Platt). En Filipinas, mientras, se produce una guerra filipino-estadounidense por la independencia (1899-1911), en la que murieron un millón de filipinos (la independencia filipina no llega hasta 1946).

Finalmente, esta victoria inicia una nueva etapa en la historia occidental: la derrota de los soldados españoles a manos de los norteamericanos simboliza, quizás como ninguna otra, el final de una época y el comienzo de otra: el siglo XX será sin duda "el siglo de los Estados Unidos".

 

 

 

 

 

La Mano Negra

LA MANO NEGRA: Crímenes y represión sobre el movimiento obrero andaluz

mano negra

La cuerda de presos acusados de pertenecer a la "Mano Negra" es conducida a la cárcel de Cádiz

Diego Caro Cancela*

Hace ciento veinticinco años, el 14 de junio de 1884, fueron ejecutados a garrote vil, en una plaza de Jerez de la Frontera, siete trabajadores de la comarca acusados de haber cometido unos crímenes en nombre de una sociedad secreta anarquista llamada La Mano Negra. Culminaba así una estrategia de intimidación, miedo y represión por parte del Gobierno monárquico que, aprovechando una serie de asesinatos y unos procesos plagados de irregularidades, buscaba desarticular el pujante movimiento obrero andaluz.

El último tercio del siglo XIX constituyó un periodo decisivo en la historia del movimiento obrero andaluz por tres razones. En primer lugar, porque fue en estos años cuando aparecen las dos grandes corrientes sindicales que liderarán la representación de la mayoría de los trabajadores de la región: la anarcosindicalista de la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE) —más tarde traspasada al anarcosindicalismo de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)— y la socialista de la Unión General de Trabajadores (UGT) y el PSOE. En segundo lugar, porque en la década que va de 1882 a 1892, tuvieron lugar en Andalucía unos conflictos sociales —los sucesos de La Mano Negra, la masacre de Riotinto de 1888 y el asalto campesino a Jerez—, que no sólo conmocionaron a la opinión pública de las comarcas en los que se produjeron, sino que provocaron importantes repercusiones en la política del Estado y en la trayectoria de las propias organizaciones obreras por las oleadas de represión y solidaridad que levantaron. Finalmente, fue entonces cuando Andalucía se convirtió en el principal bastión del movimiento anarquista español, con una estrategia más radical que la “legalista” que defendían los dirigentes catalanes, marcando con una peculiar seña de identidad la historia social de la Andalucía contemporánea. De todos estos acontecimientos, la cuestión de La Mano Negra es todavía hoy la que sigue teniendo más incógnitas por desvelar.

LOS AÑOS 1881Y1882 ESTUVIERON MARCADOS POR UN CRECIMIENTO DE LAS SOCIEDADES OBRERAS Y UNA TREMENDA CRISIS DE SUBSISTENCIAS

OBREROS ORGANIZADOS. No podemos entender los confusos sucesos de La Mano Negra en la campiña gaditana, de finales de 1882 y principios de 1883, sin ponerlos en relación, en primer lugar, con el importante crecimiento que tiene desde su nacimiento la FTRE, la nueva organización obrera fundada en septiembre de 1881, con una clara vocación de continuidad respecto a la Federación Regional Española (FRE), que había nacido en los años del Sexenio Democrático y que había entrado en una progresiva decadencia desde que fuera declarada ilegal por el Gobierno, tras el golpe de Estado del general Pavía, el 10 de enero de 1874.

En poco tiempo, gracias a las facilidades proporcionadas por el nuevo Gobierno liberal de Sagasta para el asociacionismo, las dos organizaciones comarcales andaluzas —la del Este y la del Oeste— y la catalana se convertían en las más numerosas de la nueva entidad obrera nacional, alcanzando también una notable implantación entre los jornaleros agrícolas de la región. Y cuando más fuerza tenía este proceso de expansión, la FTRE celebraba su segundo congreso en Sevilla, del 24 al 26 de septiembre de 1882. Contaba ya con 663 secciones y 57.934 federados, dos tercios de los cuales —38.349— eran andaluces. Fue el congreso obrero español más importante del siglo XIX por el número de delegados presentes y de sociedades y federados representados.

El Congreso de Sevilla decidió mantener la línea de conducta cauta y posibilista aprobada el año anterior en la reunión fundacional de Barcelona, con una organización pública estructurada en secciones de oficios, actuando dentro de “los medios legales que hoy se nos permitan”, rechazándose, en este sentido, una propuesta de los partidarios de la anterior comarcal de Andalucía del Oeste, que en un dictamen alternativo, defendía el mantenimiento de una organización pública y otra secret para proseguir con las represalias, a través de robos, incendios y otros actos de protesta. También se acordó -en esta línea moderada- restringir el recurso a las huelgas consideradas “armas de doble filo” y fomentar la propaganda por encima de otros objetivos inmediatos.

Gracias a esta estrategia “pragmática” la nueva situación de legalidad de la que disfrutaba, la FTRE siguió incrementando sus efectivos, llegándose a crear una tercera organización comarcal -la de la Andalucía del Sur-, al lado de las dos que ya existían (la del Este y la del Oeste), formada por la mitad occidental de la provincia de Málaga, los cuatro partidos judiciales más orientales de la provincia de Cádiz, más los de Osuna y Estepa, de Sevilla.

Era evidente que ni las clases propietarias ni el propio Gobierno iban a permanecer impasibles ante la pujanza de una organización obrera que cada día que pasaba mostraba una mayor fortaleza, como se demostraría en los distintos conflictos sociales que se fueron planteando. Una inquietud que se acentuaría con la grave crisis de subsistencia que padece casi toda Andalucía a lo largo del año 1882. Culminaba así una sucesión de catastróficas cosechas de cereales y leguminosas que había arrancado en 1879. Una sequía absoluta, que abrió y cerró el año agrícola de 1881-1882, tuvo como consecuencia un fortísimo incremento del desempleo agrario.

APARECE EL HAMBRE. En el calamitoso invierno de 1882, las calles de las principales poblaciones andaluzas se vieron invadidas por decenas de familias jornaleras, dedicadas a pedir limosna o trabajo en las puertas de los Ayuntamientos. Pero si en algunos lugares las manifestaciones de estos necesitados apenas si crearon problemas a las autoridades por su talante pacífico, en la campiña próxima a Jerez -donde la crisis había llegado antes- las protestas muy pronto adoptaron un cariz diferente, más anónimo y crispado. Ya en los primeros meses de 1882 se habían producido incidentes en localidades como Arcos y Trebujena, cuando los jornaleros irrumpieron en sus ayuntamientos, exigiendo pan y trabajo con ademanes amenazadores , y entre julio y agosto abundaron los asaltos en cuadrillas a distintas fincas rurales, para robar todo tipo de víveres (sacos de harina, garbanzos, huevos, gallinas, ovejas o cerdos).

La situación empeoró con la llegada del otoño, cuando los robos de pan se hicieron generales en las calles de Jerez y Sanlúcar de Barrameda, con caracteres que las autoridades empezaron a considerar que no eran espontáneos . Lo ocurrido en Jerez el 2 de noviembre marcó un punto de inflexión en la situación. El día se inició con cerca de un millar de jornaleros manifestándose de forma tumultuosa ante las puertas de las Casas Consistoriales, reclamando a los regidores trabajo para todos y no para la mitad de los parados como se les ofrecía. La falta de acuerdo hizo que la concentración se disolviera, formándose varios grupos que se dedicaron a asaltar todas las tahonas y los establecimientos de alimentación que encontraron a su paso.

La respuesta gubernamental fue inmediata. Varias decenas de trabajadores fueron detenidos como supuestos partícipes y colaboradores en los asaltos, al mismo tiempo se decidió incrementar las fuerzas policiales y militares, que ya desde el verano venían patrullando por la campiña. El 21 de noviembre llegó a la ciudad el capitán Oliver, con 90 guardias civiles, comenzando de inmediato sus pesquisas y detenciones selectivas, mientras que la prensa conservadora y la burguesía agraria de la comarca se encargaban de agitar a la opinión pública, con noticias sobre los anarquistas franceses de la Banda Negra, el proceso que los juzgó y descripciones alarmistas de estos incidentes.

Era evidente que se querían aprovechar estos disturbios y las acciones de los grupos internacionalistas clandestinos para emprender una verdadera ofensiva contra el pujante movimiento obrero organizado, articulado alrededor de la FTRE, a pesar del triunfo de las tesis moderadas del Congreso de Sevilla. La excusa fueron cuatro crímenes descubiertos entre finales de 1882 y el mes de abril de 1883, en los alrededores de Jerez, que muy pronto las autoridades y la prensa más conservadora atribuyeron a una organización secreta anarquista conocida con el nombre de La Mano Negra, iniciándose una rápida oleada de detenciones en todos los pueblos de la comarca, que en poco tiempo llevaría a las cárceles de Jerez y Cádiz a varios centenares de presos.

LOS PRESUNTOS CRÍMENES. El primero de los llamados crímenes de La Mano Negra se produjo en la madrugada del 4 de diciembre de 1882, cuando murieron asesinados Juan Núñez Chacón, propietario de una pequeña venta situada en el camino de Jerez a Trebujena y su esposa, María Labrador. Los asesinos, al parecer, fueron seis, uno de los cuales murió de un disparo hecho por el ventero. Al día siguiente, la Guardia Civil detenía en una viña próxima a los demás. Mientras, entre la opinión pública se extendió el rumor de que lo sucedido se debía a una venganza practicada por los miembros de una sociedad clandestina, debido a la condición de confidente que tenía el asesinado, al servicio de la Guardia Civil y de la Guardia Rural, a las que presuntamente informaba de las conversaciones que escuchaba en su establecimiento de los trabajadores asociados que por allí pasaban.

EL GOBIERNO APROVECHÓ LA EXISTENCIA DE VARIOS CRÍMENES EN LA CAMPIÑA PARA DESATAR UNA DURA PERSECUCIÓN CONTRA LAS SOCIEDADES ANARQUISTAS

Meses antes, el 13 de agosto de 1882 se había producido otro crimen, el del guardia rural Fernando Olivera Montero, vecino de Arcos. Aunque en un principio se dijo que se había debido a un disparo accidental de la escopeta que portaba, meses más tarde, una denuncia anónima lo atribuyó a la paliza que le habían dado dos miembros de La Mano Negra del mismo pueblo, por haberse negado a entrar en la sociedad y por no haber respetado la confidencialidad de las informaciones que le proporcionaron sobre la misma.

El tercer caso fue el más conocido porque dio lugar al proceso más espectacular, por el

número de inculpados y las sentencias dictadas, con siete condenas a muerte, ocho de prisión y una absolución. Se trató del asesinato de Bartolomé Cago Campos, conocido como el “Blanco de Benaocaz”, en una fecha imprecisa de finales de noviembre y principios de diciembre de 1882, en el llamado cortijo o pago de La Parrilla, situado en la entonces pedanía jerezana de San José del Valle. Una muerte de causas confusas, entre las que se citaron el impago de una deuda, la consideración de delator de Gago, incluso una posible venganza familiar por las relaciones que la víctima mantuvo con una joven pariente de los hermanos Francisco y Pedro Corbacho, que aparecían entre los acusados, ninguno de los cuales reconoció nunca pertenecer a una sociedad secreta, aunque sí a una asociación de trabajadores vinculada a la FTRE.

Finalmente, más confuso si cabe fue el considerado cuarto crimen de La Mano Negra , el llamado de “la posada de Cuatro Caminos” o “de la venta del Empalme”, situada en el camino a Rota: el asesinato, el dos de abril de 1883, del ventero Antonio Vázquez, por cuatro hombres que serían detenidos poco después, cuando trabajaban en una viña, en las afueras de El Puerto de Santa María. El móvil pareció desde un principio que fue el robo de género, pero los apresados no tardaron en ser acusados también de pertenecer a la sociedad secreta.

LOS PROCESOS. Los llamados procesos de La Mano Negra se fueron celebrando a lo largo de 1883 -el primero a finales de mayo- y se saldaron con altas penas de cárcel para varios de los acusados y doce condenas a muerte. Recurridas las sentencias ante el Supremo por los abogados defensores, sorprendentemente este alto tribunal-con las mismas pruebas- elevó a 15 las condenas a muerte, el 5 de abril de 1884. Finalmente, el Gobierno terminó indultando a varios y siete de los condenados fueron ejecutados públicamente en una plaza de Jerez, el 14 de junio de 1884.

La existencia o no de La Mano Negra como sociedad secreta responsable de estos crímenes ya en su momento fue motivo de una larga polémica, tanto por la confusión con la que se produjeron las numerosas detenciones, como por las numerosas irregularidades que se dieron en los procesos. Las únicas pruebas que en su día presentaron las autoridades fueron, por un lado, el “sensacional” descubrimiento en el campo por la Guardia Civil de los estatutos de la sociedad, bajo el título de Reglamento de la Sociedad de Pobres contra sus ladrones y verdugos y, por otro, la militancia que tenían en la Internacional varios de los presuntos implicados en uno de los crímenes. En contra, desde un primer momento destacadas personalidades de la época y los medios libertarios denunciaron el tema de La Mano Negra como un auténtico montaje policial, con la intención de desprestigiar y desarticular al movimiento obrero de la comarca. El desmentido de la propia dirección de la FTRE, hecho en marzo de 1883, no pudo ser más contundente:

“Conste una vez más que nuestra Federación nunca ha sido partidaria del robo, el incendio, el secuestro, ni el asesinato y sépase también que no hemos sostenido, ni sostenemos relaciones con La ManoNegra, ni con ninguna asociación secreta que tenga por objeto la perpetración de delitos comunes. Quien roba siempre será un ladrón; quien secuestra, un secuestrador; y quien mata, un asesino, lo mismo en la sociedad presente que en la del futuro. En el seno de esta Federación Regional de Trabajadores Españoles no caben, ni existen ladrones, secuestradores, ni asesinos”.

LOS LLAMADOS PROCESOS DE LA MANO NEGRA ESTUVIERON PLAGADOS DE IRREGULARIDADES, DECLARACIONES FORZADAS Y PRUEBAS CONFUSAS

Y un coetáneo de los sucesos, el periodista y cronista jerezano Manuel Cancela tampoco tenía dudas sobre el particular en la Guía de Jerez que publicaba al año siguiente, en 1884 cuando escribía: “La Mano Negra propiamente dicha es un aborto de la imaginación: así debe consignarlo la historia, agena (sic) a la pasión y pasando por encima de toda clase de preocupaciones (…). Los crímenes que en ese año se vieron en la Audiencia de lo criminal de Jerez son reales y positivos; pero no de nueva clase (…). Era un drama realista que necesitaba título, y se le buscó terrible, significativo, sonoro, teatral: La Mano Negra”. Una opinión que también compartía otro personaje de la época, el veterano republicano federal Ramón de Cala, según lo que escribía este mismo año en su libro El problema de la miseria resuelto por la harmonía (sic) de los intereses humanos. Este destacado político jerezano también tenía una clara opinión sobre el particular: “yo, que conozco a Jerez como se conoce a la cuna donde nos hemos mecido, y a los lugares y personas donde y con quienes nos hemos criado, yo, después de haber visto y estudiado los hechos, declaro por mi honra y con toda sinceridad, que La Mano Negra es un mito, que no ha existido, ni existe, y que es una invención desdichada del interés y del pánico, que vive sólo en la fantasía”.

LAS INTERPRETACIONES. Esta última es la tesis que -con diferentes matices- han defendido los historiadores que han investigado con más profundidad esta “embrollada” historia. Clara E. Lida, por ejemplo, sostiene la hipótesis de que La Mano Negra fue una organización de resistencia creada por los militantes anarquistas durante la época de clandestinidad (1874-1881), de la que el Gobierno ya tenía pruebas, sacándolas ahora, en 1883, para atacar y desprestigiar a la FTRE, responsabilizándola de unas muertes con las que nada tenía que ver.

Glen Waggoner, por el contrario, cree que no hay ninguna prueba que permita afirmar la existencia de La Mano Negra como organización y mucho menos de su autoría en los crímenes que se le imputaron.

Más recientemente, Demetrio Castro tuvo el acierto de situar estos confusos sucesos en el contexto de la gran crisis de subsistencias que afectó a toda Andalucía a lo largo de 1882 y llamó la atención sobre varios aspectos . En primer lugar, sobre el hallazgo de una copia del reglamento de la sociedad secreta en el archivo de la propia Secretaría del Rey, lo que, a su juicio, parece descartar una falsificación del mismo. En segundo lugar, que en este reglamento se habla de un “Tribunal Popular” y no se menciona para nada a La Mano Negra, aunque la organización que describe y el léxico que se emplea tiene claras similitudes con el lenguaje y las prácticas de la FTRE en la clandestinidad y, finalmente, hace notar que las actuaciones jurídicas que se siguieron contra los encartados en los procesos fueron “deliberadamente confusas”, pretendiendo identificar y relacionar de forma reiterada y burda criminalidad común, Mano Negra e Internacional. En definitiva, es posible que los autores de los crímenes fueran miembros de una federación local de la FTRE, pero no necesariamente miembros de una sociedad llamada La Mano Negra, que entraría ahora en escena, traída de forma interesada por las propias autoridades.

Jacques Maurice ha destacado el carácter de represión preventiva que tuvieron estos procesos, en los que el fiscal siguió al dictado las intenciones vengativas de los más cualificados representantes de la gran burguesía agraria andaluza y, por último, Antonio López Estudillo defiende la tesis de que los acusados de pertenecer a La Mano Negra eran los mismos que se estaban escindiendo de la FTRE en discrepancia con sus tácticas, organizando la sociedad clandestina “Los Desheredados”. Sería, por tanto, la práctica de las represalias por éstos lo que le dio al Gobierno legitimidad para reprimir a todo el sindicalismo agrario. Una persecución policial que se vio también favorecida por la confusa superposición de organizaciones secretas y semipúblicas, con militancia en las dos de los “clandestinistas” y las delaciones entre los miembros de una y otra tendencia ante la coacción y la tortura policial.

LAS CONSECUENCIAS. En definitiva, los procesos de La Mano Negra sólo fueron el aspecto más llamativo de una ambiciosa operación destinada a desarticular a la pujante FTRE en Andalucía e imponer un orden social, que había quedado deteriorado a lo largo de 1882. La ocupación de la comarca por las fuerza militares y policiales, las cientos de detenciones, la exhibición de cuerdas de presos, las palizas y las amenazas generalizadas sirvieron para crear una atmósfera de intimidación y miedo que tuvo como primera consecuencia la autodisolución de muchas federaciones obreras y el lento declive de otras, paralizando las acciones de un movimiento obrero que quedaría seriamente afectado por la represión.

Esta persecución gubernamental hizo que las tensiones entre “clandestinistas y legalistas” volvieran a resurgir en el tercer congreso que la FTRE celebra en Valencia, a principios de octubre de 1883, en un nuevo contexto político , marcado por la vuelta de los conservadores de Cánovas del Castillo al Gobierno, un año después. En poco tiempo, en este ambiente marcadamente represivo contra las organizaciones obreras, el Tribunal Supremo declaraba fuera de la ley a la FTRE, al considerarla una asociación contraria a la moral pública, dando argumentos a los partidarios de “clandestinismo”, que seguían vinculados al grupo de “Los Desheredados”. En franca decadencia pues, la dirección de la FTRE perdió toda iniciativa en las distintas discusiones sindicales e ideológicas abiertas en aquellos momentos , especialmente en los debates que enfrentaban a anarcocolectivistas y anarco-comunistas, aglutinados estos últimos alrededor de la figura de Fermín Salvochea y su periódico El Socialismo, publicado en Cádiz en 1886.

La disolución formal de la FTRE llegó a finales de septiembre de 1888, cuando se acordó su transformación en una nueva entidad, llamada ahora Organización Anarquista de la Región Española. En Andalucía, este fracaso de la FTRE tuvo como consecuencia más inmediata el repliegue de los anarquistas a los llamados “grupos de afinidad”, con el objetivo de evitar la persecución policial y lo que venía siendo una imparable desorganización de las sociedades obreras y campesinas por toda la región. Era evidente que si el Gobierno, con la deliberadamente confusa trama de La Mano Negra, había querido anular el evidente resurgir del movimiento obrero que arrancó desde principios de 1881, el objetivo fue conseguido plenamente.

Leopoldo Alas Clarín en Andalucía

El hambre en Andalucía, de Clarín, es el conjunto de una serie de 21 artículos publicados en el periódico madrileño El Día, desde el 31 de diciembre de 1882 hasta el 21 de julio de 1883, mientras visitaba varias provincias andaluzas y Jerez de la Frontera, cuando los sucesos de La Mano Negra estaban en su momento más álgido.

El 13 de enero de 1883, llegaba a Jerez y remitía al periódico la siguiente crónica:

“Interrumpo la ordenada serie de mis cartas en que voy tratando por sus pasos contados de la crisis económica de Andalucía, según el método que me he propuesto, para hablar hoy nada más que de las impresiones recibidas al llegar a esta ciudad, cuyo estudio, desde el punto de vista que nos importa, es de los más interesantes que pueden hacerse en Andalucía, porque, en compendio, se ve aquí planteada la cuestión difícilísima que debiera preocupar al Gobierno (…). En Córdoba, en Sevilla, en Cádiz me han dicho cuantas personas he consultado, que en ninguna parte como en Jerez podía verse todo el valor de la actual crisis; y, en efecto, llego y veo y oigo lo mismo que se me había anunciado. Más vale llegar a tiempo… Hoy mismo ha sido asaltada una panadería en esta ciudad, y la autoridad está alarmada, y con motivo. Están en Jerez, y han conferenciado en casa del señor alcalde, el capitán general del distrito y el comandante general de Cádiz. Estos señores no han venido a Jerez con motivo del atropello de que hablo arriba; éste ocurrió hoy a las cuatro de la tarde, y cuando yo he tenido noticia de tal asunto, lo ignoraban las autoridades militares de que trato. Han venido, porque los sucesos de Arcos y otros puntos han alarmado la opinión, y en general, el estado de los ánimos en esta ciudad no inspira gran tranquilidad, porque subsiste la tirantez de relaciones entre obreros y capitalistas”.

En GonzálezTroyano, Alberto (editor):

Andalucía: cinco miradas críticas y una divagación.

Fundación Lara, Sevilla, 2003.

Los supuestos estatutos de La Mano Negra

“Habiendo sido la Asociación Internacional de los Trabajadores puesta fuera de la ley por los gobiernos burgueses, imposibilitándola por este motivo para resolver pacíficamente la cuestión social, y de cuya resolución no puede prescindir, ha tenido que convertirse en organización revolucionaria secreta, para llevar a cabo la revolución social violenta; pero como para llegar a este último tiene que pasar algunos años, y la burguesía no para de cometer crímenes contra la clase trabajadora, cuyos crímenes es menester castigar ante que llegue la revolución social; y considerando que todos los federados no son a propósito para llevar a cabo estos castigos de un modo conveniente, por estas razones se forma un núcleo denominado Tribunal Popular, cuyo tribunal será el encargado de sentenciar y castigar los crímenes de la burguesía. Este tribunal se regirá por los siguientes estatutos: Artículo 1°. Se forma un Núcleo de diez individuos que pertenezcan a la asociación internacional de los trabajadores y se juzguen capaces para este objeto.

Artículo 2a. Castigará los crímenes de los burgueses y sus dependientes por todos los medios que sean posibles, bien sea por el fuego, el hierro, el veneno, o de otro modo”. (…)

En Lida, Clara E.: La Mano Negra. Anarquismo agrario en Andalucía. ZYX. Madrid, 1972.

* Universidad de Cádiz

Fuente: Andalucía en la Historia nº25

 

i

 

La cuestión militar

 

            Todos aquellos, que nos sentimos demócratas, nos hemos sentido profundamente consternados por el discurso pronunciado en la fiesta de la Pascua Militar, por el general Mena Aguado. A estas alturas, metidos en la Unión Europea y la OTAN, resultan anacrónicas esas palabras, que nos recuerdan viejos y caducos tiempos. No insisto en todo lo que ya se ha dicho en estos días: que en un sistema democrático el ejército debe estar subordinado al poder civil. Es algo obvio. Voy a reflejar, en cambio, algunos acontecimientos históricos, que pueden hacernos pensar a todos un poco.  

Ya conocemos los acontecimientos del Cu-Cut, periódico satírico de la derecha regionalista catalana, que se atrevió a publicar un chiste gráfico en su número de 23 de noviembre de 1905, en el que uno de sus personajes se refiere al festejo gastronómico con estas palabras: “¿De la victoria? ¡Ah!, vaya, serán paisanos”. El 25 de noviembre, oficiales de la guarnición de Barcelona arrasaron el local de la imprenta del Cu-Cut y saquearon las oficinas del periódico junto a las de La Veu de Catalunya, órgano de la Lliga. Un año después llegaría la lamentable Ley de Jurisdicciones.

Igualmente es conocido el movimiento de las Juntas Militares de 1917, a modo de sindicalismo castrense, que no respetaron el poder civil. Del mismo modo la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, con el beneplácito del Alfonso XIII, justificada por algunos en base al problema de Africa, el terrorismo de la ciudad condal o la cuestión social. El manifiesto dirigido al país, terminaba de la siguiente guisa:  “Este movimiento es de hombres: el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos que para la patria preparamos. Españoles: ¡Viva España y Viva el Rey!”.

Después del fallido intento de Golpe de Estado del general Sanjurjo del 10 de agosto de 1932, llegamos inexorablemente, al día fatídico de 18 de julio de 1936, en el que Don Francisco Franco Bahamonde, General de División y Jefe de las Fuerzas Armadas, no tuvo impedimento moral alguno, sin respetar la Constitución que había jurado defender, para lanzar a la cara del país el siguiente Manifiesto: “Una vez más el Ejército, unido a las fuerzas de la Nación, se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de los españoles, que veían con amargura infinita, desparecer lo que a todos puede unirnos en un ideal común, ESPAÑÄ”. Todo lo que vino después, todos lo conocemos, aunque algunos pretenden ignorarlo y otros justificarlo, como los Pío Moa o César Vidal.

Que en el año 1981, el coronel Tejero, entrase a saco en el Congreso de los Diputados, teniendo en cuenta que estábamos inmersos aún en plena Transición Democrática, en la que muchos hicieron profundos sacrificios de amnesia en aras a la reconciliación nacional,  podía entenderse, aunque nunca justificarse. Mas  en pleno siglo XXI venir con éstas, parece un mal sueño. En algunos momentos debemos pellizcarnos, para creer que no es producto de la pesadilla en una larga noche de insomnio. Hoy, todos los españoles de bien nos hemos sentido apesadumbrados, ya que pensábamos, que los pronunciamientos o golpes de estado eran algo que pertenecía al remoto pasado.  Que todavía aparezcan salvapatrias, personajes que puedan sentirse salvadores de la patria, resulta grotesco y lamentable. Por ello hemos merecido la atención de editoriales de grandes periódicos extranjeros, como Financial Times, The Guardian, Le Figaro o Le Monde. Nos ha cubierto de gloria el general.

Con ser triste lo anterior, lo es más todavía el comprobar los comentarios vertidos por los dirigentes del principal partido de la oposición. El Sr. Elorriaga comenta sin reparar en la gravedad de sus palabras, que lo ocurrido es reflejo de la situación que está viviendo el país. Poco después el Sr. Rajoy apuntala que este tipo de cosas no pasan porque sí, y que ha pasado lo que tenía que pasar. Me resisto a pensar que sus 10 millones de votantes puedan pensar lo mismo. Puede hacerse una oposición dura, crítica. Mas todo tiene un límite.

 Acabo estas consideraciones recordando las proféticas palabras de Azaña: “Si triunfara un movimiento de fuerza contra la República, recaeríamos en una dictadura militar y eclesiástica de tipo tradicional. Por muchas consignas que se traduzcan y muchos motes que se pongan. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Por este lado, el país no da otra cosa”.

 

 

Cándido Marquesán Millán

La cuestión religiosa en la España actual

 

 

            Una de las asignaturas pendientes de la Transición Democrática en nuestro país es la cuestión religiosa. Las relaciones Iglesia-Estado tal como se establecieron en los Acuerdos de 1976 y 1979, no parecen ser las idóneas en una sociedad democrática. En esas fechas, tanto la Iglesia católica española y el Vaticano por un lado; y, por otro, la clase política, en su mayoría, estaban de acuerdo que el Estado confesionalmente católico heredado del franquismo era un anacronismo en la Europa democrática del momento. Había que establecer las relaciones Iglesia- Estado sobre unas nuevas bases.  Los principales partidos políticos, conocedores de la historia de la II República, no quisieron que nuevamente la “cuestión religiosa” volviera a envenenar la convivencia entre los españoles; y además siendo conscientes de que la Iglesia era todavía una poderosa institución capaz de perturbar una transición tranquila a la democracia, si no se alcanzaba pronto algún acuerdo con ella, se marcaron el objetivo de llegar lo más  pronto posible a un acuerdo negociado con ella. Si éste no se hubiera conseguido, probablemente nuestra Transición Democrática hubiera sido diferente.

            El 28 de julio de 1976 se firmó al primer Acuerdo. Fue un documento breve, de menor extensión que los cuatro posteriores firmados en 1979. Lo fundamental del primero radicaba en que el gobierno renunciaba a sus privilegios de patronato eclesiástico, y la iglesia reafirmaba su lealtad con la libertad religiosa  y su renuncia a determinados privilegios jurídicos del Concordato de 1953. En el intermedio se elaboró la Constitución de 1978, en la que si bien se declaraba  la aconfesionalidad del Estado, por otra parte se contentaba a la Iglesia al señalarse en el art. 16.3: los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Igualmente la Iglesia a través del art. 27 se sintió bastante satisfecha, ya que se reconocía el derecho de los padres a asegurar la formación religiosa y moral de sus hijos, aunque hubiera deseado más cosas, como el que se hubieran  incorporado los valores morales católicos al texto constitucional.

            En el año 1979 se firmaron los cuatro Acuerdos, que versan sobre Asuntos Jurídicos, Enseñanza y Asuntos Culturales, Asuntos Económicos, y Relaciones entre la Iglesia y las Fuerzas Armadas. En los primeros, se reconoce a la Iglesia católica el libre ejercicio de sus funciones, la personalidad jurídica civil de la Conferencia Episcopal, además de otros apartados. En los segundos, se sanciona el derecho de los padres sobre la educación de sus hijos, el carácter no obligatorio de la enseñanza religiosa, se reconocen los derechos adquiridos por las Universidades de la Iglesia y se sientan las bases de acuerdo para la conservación de su patrimonio cultural. En los terceros la Iglesia declara su intención de allegar por sí misma los medios que le son necesarios, mientras que el Estado se compromete a una colaboración económica hasta que ello se produzca y se le conceden a la Iglesia determinadas ventajas fiscales. En los últimos se garantiza la asistencia religiosa al personal católico de las Fuerzas Armadas a través del Vicariato Castrense y la desaparición de los privilegios en el servicio militar de los clérigos.

            Todos estos Acuerdos, así como determinados artículos constitucionales, anteriormente mencionados se alcanzaron en un determinado contexto político, que hoy es muy diferente, ya que la democracia es irreversible y las fuerzas políticas dominantes son otras. Además la sociedad española actual es muy distinta a la  de veinticinco años atrás. En el año 2005, según el estudio realizado por el profesor de la Universidad de Michigan, Ronald Inglehart, España, entre los 81 países analizados, es el que está experimentando el cambio social más rápido y más profundo de todo el mundo. Está emergiendo una nueva cultura y, con ella, un nuevo tipo de hombre, con unas creencias y unos valores que, en cuestiones muy fundamentales de la vida, son distintos de las de otras épocas. 

            Hoy la sociedad española es plural, ya no es el monolito cultural que se pretendió conseguir por las buenas o por las malas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo pasado. La globalización de las comunicaciones, el flujo de capitales y mercados por doquier y, especialmente, los movimientos migratorios están generando una nueva sociedad, con personas de culturas, tradiciones, intereses, creencias y maneras de entender la vida, no sólo diferentes, sino con frecuencia antagónicos.

            Además España es una sociedad constitucionalmente laica, así lo reconoce nuestra Constitución, porque así lo hemos querido, libre y mayoritariamente, los ciudadanos españoles; entendiendo que el Estado debe ser independiente de toda influencia religiosa o eclesiástica.

            Por último, hoy es una sociedad democrática, así lo establece nuestra Constitución, y por ello es posible la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

            Los cambios, anteriormente expuestos, han producido una España diferente, en la que la Iglesia católica está descolocada, ya que no puede entender ni adaptarse al cambio, ni acepta el pluralismo, ni le cabe en la cabeza una sociedad laica, ni por supuesto ha sabido adaptarse a una sociedad democrática, sobre todo, porque es una institución per se antidemocrática; de hecho el Estado del Vaticano, es la última monarquía absoluta que queda en Europa, cosa que queda patente en el artículo primero de su Constitución donde se establece que los tres poderes, legislativo, judicial y ejecutivo, están concentrados en el Romano Pontífice.

En base a todo lo expuesto, hoy, no es de recibo el mantenimiento de unos Acuerdos, que podrían explicarse y justificarse en determinadas circunstancias coyunturales, que han desaparecido de pleno.

Somos muchos los ciudadanos que hoy en España deseamos la revisión y modificación, cuando menos, de los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede, para que no haya ningún tipo de privilegio que coloque a la Iglesia y a sus fieles en una situación en la que, de hecho, los católicos tengan unos derechos y unas ventajas que no tienen el resto de los ciudadanos. La Iglesia española recibe cada año del Estado (o sea de todos los ciudadanos, sean o no católicos) cantidades de dinero difíciles de precisar con exactitud. En el año 2003 el Estado costeó el sueldo de obispos y sacerdotes con una cantidad de 140 millones de euros; a su vez paga el sueldo de los profesores de religión católica en la escuela pública y concertada; destina grandes cantidades al mantenimiento del patrimonio arquitectónico de la Iglesia. Las instituciones católicas reciben, directa o indirecta, una financiación del Estado por valor de 3.000 millones de euros anuales. Por si no fuera bastante, la Iglesia disfruta ahora mismo de más beneficios tributarios que en los tiempos de la dictadura franquista.

A la vista de todos estos datos, resulta curioso y sorprendente que hoy en España haya personas que hablan de la “persecución” que sufre la Iglesia por parte del Estado y, más en concreto, por parte del gobierno del PSOE, que sigue incluyendo en los presupuestos las cantidades suficientes al sostenimiento de la Iglesia católica.

 

 

Cándido Marquesán Millán